SOBRE ESPERAS QUE DESESPERAN

Hay dulces esperas que dicen personajes cursis,   fans de los embarazos que seguramente nunca vivieron. Esperas aburridas en salas claustrofóbicas e impersonales. Esperas desesperadas de uñas comidas y malestar intestinal. Algunas duran mucho, toda una vida. Otras se resuelven rápido,  sin darnos tiempo a prepararnos para el resultado.

En todo caso, estar esperando implica por definición una actitud de pasividad, de inactividad . Lo cual no quiere decir que no pase nada, sino que al no pasar lo que más nos interesa, todo lo demás pierde interés.

 Si las noticias esperadas son importantes, casi se podría decir que vitales, la espera se vuelve roja , el color del miedo. O negra, el color del pesimismo o gris, cuando la espera agota y ya casi nos da igual el resultado. A veces , si la espera acaba con una buena nueva, se abre una etapa en un blanco prometedor donde todo está por escribir.

Alguien nos tendría que haber enseñado a afrontar esperas trascendentales, que al terminar nos mostraran la vida  como un negro túnel o como un horizonte abierto y sin límites. Nos enseñan cosas mucho más ridículas, como  decir gracias o por favor, llevar paraguas cuando llueve, cruzar las piernas o  no utilizar lenguaje soez, pero nadie nos enseña a esperar.

 Y tiene su técnica porque no es fácil dominar el tiempo y las horas cuando transcurren tan despacio que parece que haya una huelga general de relojes.  Ni es sencillo controlar la maraña incontrolable de pensamientos, algunos tan estúpidos como sinceros. Ni someter nuestras emociones al férreo control que necesitan para que no se disparen como torpedos  autodestructivos .

Sería de agradecer haber contado con ayuda, en algún momento de la vida, para aprender la técnica de la espera y el cultivo de la esperanza para afrontarla con éxito y no salir con más daños de los obligados. En resumen, según últimos descubrimientos, eso significa no perder el control de nuestra alegría, la fe en ciertos valores, el amor a nuestra gente, cosillas en fin,  que ningún  resultado, por indeseado que sea, debe ser capaz de arruinar.

APARCA COMO PUEDAS

No se sabe quien tiene la culpa . A estas horas, después de tanta espera, tanta explicación, comentario, promesa y aclaración en relación al parking del Hospital Lluis Alcanyis, ya es difícil deshacer la madeja y decidir quien tiene la culpa, o por lo menos,  más culpa que los demás .

Pero lo que es cierto es que el parking del Hospital que tiene asignada una población que se acerca a las 200.000 personas, sigue siendo una necesidad imperiosa, urgente, casi  sangrante para la ciudadanía de Xàtiva  porque el actual con  sus 800 plazas solo cubre un porcentaje ridículo de las necesidades reales de quienes visitan el  Hospital y han de añadir en muchos casos, un factor de crispación y malestar a situaciones ya de por sí estresantes y angustiosas.

Dado el flujo de vehículos que ha de atender todos los días, el problema no es que el aparcamiento sufra  eventualmente un colapso. El hecho es que está a reventar la mayoría de los días y a todas horas, convirtiéndose en un foco de tensiones, fuente de problemas, origen de situaciones de riesgo que añaden un plus de conflicto a la visita al Hospital totalmente innecesario.

Xàtiva ampliará el aparcamiento del hospital a partir de Junio tras cerrar la compra del suelo, se publicó en Enero de 2019 y la declaración causó muchos suspiros, entre el escepticismo y la satisfacción. Lo cierto es que el Ayuntamiento adquirió, vía subvención de la Diputación, los terrenos necesarios para ponerlos a disposición de la Consellería que es quien tiene la competencia para realizar la obra. Pero, ahora, vistos los Presupuestos para este año de la Generalitat Valenciana, por razones que seguro que existirán pero nunca conoceremos, no aparece presupuesto alguno para su construcción. Y si ya es complicado que se ejecuten los proyectos que cuentan con  presupuesto asignado, tal hazaña es completamente imposible  sin la existencia de partidas presupuestarias.

Se pueden dar explicaciones, otra vez, de lo sucedido para ignorar esta demanda perenne de la ciudadanía. Pero en todo caso, no hay justificaciones posibles para que, siendo incluso promesa invariable en los programas electorales de derechas e izquierdas,  no se priorice su realización.

Es cierto que conseguir mover  a una Administración pública es como empujar a un elefante obeso excesivamente miedoso a la hora de mover sus patas. Pero si, además, son dos Administraciones,  Ayuntamiento y  Consellería,  las que han de ponerse de acuerdo para trabajar de común acuerdo en la misma dirección, la tarea ya es heroica. Y es innegable -capítulo de justificaciones- que se está luchando contra una pandemia que absorbe, como corresponde, gran parte de las energías públicas y privadas. Pero intentando precisamente facilitar la vida de la gente, habría que empeñarse en dar solución a aquellos problemas cotidianos que la política, la buena política puede resolver.

Porque mientras se suceden las explicaciones, las disputas políticas, la utilización legítima o no, de la inacción ajena olvidando la propia, lo cierto es que pagan el pato los de siempre, la ciudadanía que padece, que se desespera para aparcar el coche al ir al Hospital, cuando quizás ya anda bastante desesperada.

El propio concejal de Obras no ha descartado, en declaraciones públicas, que sea el Ayuntamiento quien tenga, finalmente, que realizar la obra. Y  abre así  una posibilidad que se agradece frente  a la respuesta habitual,  basada  en la espera resignada de una  intervención de la Generalitat cada vez más improbable y que implica esperar unas cuantas décadas más pasándose la pelota y dando explicaciones pobres e inútiles que no hacen falta. Lo que hace falta es un aparcamiento en el Hospital.

GRACIAS AL 2020…

Necesitamos un año nuevo con toda urgencia. Nos hace más falta que la baba al caracol o un buen abogado al emérito. De alguna forma, parece que hay quien confía en que al sonar las campanadas todo va a quedar atrás y vamos a traspasar una mágica línea que nos colocará en un paisaje nuevo y prometedor, libre de mascarillas y de gel hidroalcohólico. Y eso tampoco va a pasar.

Lo cierto es que nos morimos por despedir el 2020, por darle carpetazo, por olvidarlo como si nunca hubiera existido. La tendencia es sepultarlo con la mayor rapidez y eficacia en el hoyo de las cosas que nos hicieron daño y que no queremos recordar. Y, con las prisas, no advertimos que eliminar todo lo sucedido en los últimos 365 días de nuestra memoria histórica sería un grave error.

No se puede olvidar a la gente mayor que falleció afrontando la despedida desde la soledad más absoluta. O a las mujeres y hombres, llenos de proyectos y de vida por vivir, que la perdieron ante un virus que desafió nuestra soberbia y se aprovechó de nuestra ignorancia. Borrarlos de nuestra memoria es inaceptable.

Tampoco merecen ser obviadas las personas que demostraron una profesionalidad, una generosidad y un coraje incuestionable atendiendo sus responsabilidades, ya fueran grandes o modestas. Arrebatar el protagonismo histórico que se ganaron a pulso no sólo el personal sanitario, sino las limpiadoras, cajeras o transportistas sería una grave injusticia que no podemos permitir.

No sería inteligente despreciar a quienes de forma anónima y altruista, manifestaron una solidaridad totalmente ajena a la caridad, que se volcó en ayudar a quienes no podían superar en soledad, las inmensas dificultades creadas para subsistir. Funcionaron las redes, se superaron prejuicios y reticencias, y mucha gente arrimó el hombro desde la conciencia plena de que nadie podía quedar atrás.

En conjunto, es cierto que ha sido un año lleno de miedos e incertidumbres, nada fácil para nuestra supervivencia y nuestra salud mental. Por eso, lo despedimos sin demasiados aspavientos, que no tenemos el cuerpo para muchos fandangos, y volcamos todas nuestras expectativas en el 2021. Aunque nuestra mayor ambición, sin embargo, no debería ser dar un salto mortal hacia atrás para recuperar la inestable situación de ignorante satisfacción en la que vivíamos.

Nos iría mucho mejor si el deseo universalmente compartido, además de no atragantarnos con las uvas, no fuera aumentar la cuenta bancaria, hacer el amor como conejos, ni siquiera conservar la salud propia y de los nuestros. Significaría un progreso considerable que hubiéramos aprendido que todo ello depende, como ha quedado demostrado, de nuestra capacidad de reformular nuestro sistema de vida, de redefinir nuestros hábitos y costumbres, nuestra forma de relacionarnos, para no ser vulnerables ante un diminuto y asqueroso bicho que destroza nuestra cómoda existencia, con irritante y dolorosa facilidad. Porque puede, y seguirá haciéndolo, mientras la estupidez guíe nuestras existencias y vivamos de espaldas a los demás, en una sociedad que prima lo individual sobre lo colectivo, lo privado sobre lo público, que tolera desigualdades y discriminaciones mientras las sufran otros. Una sociedad que ignora el grito de un planeta que estamos destruyendo con prisas y sin pausas, que se empeña en imponer vidas de miseria a quienes viven al otro lado de líneas imaginarias que llamamos fronteras. Que sacraliza la codicia y la violencia y escoge como modelos no a las personas más sabias, más generosas o solidarias, sino a quienes ejercen el poder desde la coacción, el engaño o la hipocresía.

Si hemos aprendido esto en 2020, ni el coronavirus, ni lo que venga después nos vencerá.

LA PALABRA DEL AÑO

Si antaño el día 7 era el día del inicio de las rebajas, este año puede que también lo sea, si bien puede que se apliquen otro tipo de recortes y no precisamente en el precio de abrigos y pantalones. Quizás las rebajas vengan referidas a nuestras posibilidades de movernos libremente sin más limitación que el presupuesto y el tiempo libre que cada cual tenga. O se rebaje considerablemente la posibilidad de relacionarnos con personas amigas, y enemigas si hace falta, y no precisamente desde las frías pantallas sino con el cuerpo a cuerpo, cálido y amistoso, mucho más gratificante y enriquecedor que el trato con esos bustos parlantes, congelados y estáticos que nos hacen parecer estatuas de sal. Quizás las rebajas de este año 2021 que, por mucho que pretendamos ignorarlo, no es más que una continuación del anterior, nos impongan normas que no queremos y reduzcan nuestras posibilidades de elegir horarios, mantener contactos sociales y conservar hábitos y costumbres de los que no rendíamos cuenta a nadie.

La palabra elegida para definir el año finiquitado fue según la RAE, confinamiento. Con ella se describe una experiencia que nunca creímos que viviríamos, como sucedió con el ataque de las Torres Gemelas que dejó una impronta en el imaginario colectivo difícil de superar. De este suceso se hicieron tantos relatos que al final se desdibuja su crueldad. La pandemia por el contrario, ya fue protagonista  de diversas películas que adelantaban catástrofes biológicas. Pero en todo caso, nunca sirvieron de aviso a navegantes, porque no supusieron mas que un relato de ficción, imaginativo y algo inquietante, ideal para pasar una tarde emocionante y volver luego a la apacible normalidad conocida.

Pero el confinamiento y sus causas, sobre todo la amenaza viral que lo provocó, ha tenido un impacto mucho más personal, mucho más cercano y a la vez universal, extendido por todo el planeta, sin distinción. Y nos ha cambiado a todas. O debería haberlo hecho. Y no en el discurso, sino en la acción.

Quizás la palabra clave hubiera debido ser otra que en lugar de definir el problema, indicara la solución. Por ejemplo, resiliencia. Que es según la RAE “ la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos” Dicho con más glamour o sentimiento, también se la puede definir como “la capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida , transformar el dolor en fuerza motora para superarse y salir fortalecido de ellas”.

No es un término filosófico, sino muy pragmático y sobre todo lleno de sentido común y generador de confianza en el futuro. Cuando un barco naufraga siempre surgen los que continúan haciendo lo mismo y acaban hundiéndose con el barco, véase la orquesta del Titanic. Pero también están quienes reaccionan para evitar un final anunciado al que no se resignan. Ahí están los relatos de resistencia y dignidad de las víctimas del Holocausto, por ejemplo. Todo depende de la posición en que nos coloquemos ante esa adversidad que es sin duda amenaza y fuente de dolor pero de la que podremos salir fortalecidos y llenos de confianza en nuestras inmensas posibilidades de supervivencia.

Es un manera de afrontar el fin del  obligado paréntesis del calendario que acabamos de vivir al quedarnos solos nuevamente ante tantas incertidumbres, superar el  susto existencial que nos causa haber perdido el control de nuestras vidas, o quizás, haber comprendido que no lo hemos tenido nunca.

COLAS

Si algo hemos aprendido , entre otras muchas otras enseñanzas de carácter vital, fruto de las inesperadas e indeseadas experiencias de este ultimo año es , sin duda, a hacer colas.

Si , si no se rían los sabihondos. Antes de la pandemia, como país de picaros y tramposos que somos, o por lo menos eso dice el estereotipo, lo de hacer colas lo llevábamos muy mal. No nos gustaba en absoluto tener que esperar y si era obligatorio porque al final  nos esperaba algo que de verdad deseábamos,  ideábamos mil y una maneras para saltarnos la cola. Inventábamos excusas que demostraban impepinablemente que nos tenían que dejar pasar, incluso intentábamos seducir con nuestros encantos si es que los teníamos al personal para adelantar algún puesto . Había toda una cultura popular  para conseguir colarse mediante diversas artimañas y estrategias. Había expertos y expertas en trucos y  engañifas para reducir la espera. Aunque también, evidentemente   hay gente que ahora y siempre, disfruta con las colas, porque les permite  el contacto social, la conversación banal, el intercambio de información. Gente de buen acomodo que se resigna con facilidad, que vive instalada en la paciencia, siempre curiosa en relación a todo lo que se mueve en su entorno, siempre dispuesta a contar o escuchar una buena historia de esas que nunca serán escritas pero tienen un interés indiscutible.  Buena gente, sin duda, que asumen  las colas como hábitat natural y se enrollan con quien estará a su lado un buen rato, sin nada mejor que hacer que arrastrar los pies cuando la cola se mueve.

Como país que somos lleno de contradicciones también hay quien antes de hacer colas prefiere renunciar a la compra del producto que ya adquirirá en otro rato, o  comprar por internet, o encargárselo a alguien que pertenezca a la anterior categoría.  Gente impaciente, nerviosa, que siente que el tiempo se le escapa entre los dedos y no está dispuesto a invertirlo en dilatadas esperas que al final solo te permiten llevarte un cepillo de dientes o un kilo de mandarinas.

Claro que todo esto era antes de la pandemia. Ahora, si o si, nos vemos obligados a guardar cola casi que para todo. En algunas casos nos evitan la posibilidad, aunque no se sabe si para bien, porque también muy frustrante y fastidioso contar tus males al médico por teléfono en un vagón de tren abarrotado, o no encontrar en la relación con los bancos, dueños de nuestros ni dineros,  ni una sola persona humana a quien consultar dudas. Pero  las colas se imponen en  la farmacia,  la frutería, la ferretería  o el estanco…A la hora de recoger a las criaturas, de llevar un paquete a Correos, de atravesar las puertas de alguna oficina de la Administración…

 Y las hacemos. Colas disciplinadas, en las que la gente no se amontona y suele dejar la obligada distancia de separación. Colas que a veces se mantienen con estoicismo, aunque estén  expuestas a la lluvia ,a la intemperie, haga el tiempo que haga.  Y es que vamos aprendiendo. Lentas, pero seguras las personas vamos aprendiendo, que esto que nos ha pasado no se va resolver por lo que haga el Gobierno, ni Europa, ni el sumsum corda, que decían las personas mayores. No se soluciona con ofrendas a los dioses, ni con quejas y gruñidos. No se detendrá porque miremos a otro lado, enterrando la cabeza como el avestruz,  porque ya se sabe que otras partes de nuestra anatomía quedarán al descubierto.

Esto que nos ha pasado, 75 millones de personas contagiadas en todo el mundo, más de un millón y  medio  de fallecidos en el mundo , de ellos 50.000 en España, es demasiado gordo, demasiado grave, demasiado letal como para intentar pasar  página con rapidez. No es posible, ya querríamos todos que nuestros deseos fueran órdenes para el virus,  pero como no es así, hay que hacer a la fuerza  un ejercicio de madurez  y erradicar conductas infantiles en el peor sentido de la palabra.

Haremos colas, llevaremos mascarillas y nos lavaremos las manos hasta desollarlas mientras nos  privamos de besos y abrazos,  siempre necesarios. Pero si es esa la forma y manera de superar este desafío que tanto daño nos ha hecho y puede seguir haciéndonos, si hemos de cambiar hábitos y rutinas,  ordenar prioridades y tomarnos en serio la protección de nuestras vidas, no hay mejor momento ni mayor necesidad que ahora. Ahora mismo. Es algo para pensar mientras hacemos la cola.

INDIGESTA SOPA DE LETRAS

LGE, LOECE, LODE, LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE, LOMCE … Y ya son ocho, que se dice pronto . Irritante sopa de letras compuesta por las leyes educativas que este país va aprobando a golpe de partido gobernante, aunque con diferencias esenciales en cuanta la capacidad de pasar el rodillo y hacer de su capa un sayo. En concreto esta ultima ley ha sido aprobada con 177 votos, menos que en otras ocasiones, pero procedentes de siete diferentes formaciones políticas, lo que induce a pensar que ha conseguido sumar mucho más apoyos, que las leyes del PP que se aprobaban, casi siempre, en cómoda y completa soledad.

Esta ley Celaá, tampoco es la panacea, para que engañarnos, pero lo cierto es que afronta temas pendientes aunque haya otros que sólo obtienen una respuesta tibia. En todo caso, en razón a las amenazadoras opiniones del Partido Popular, no parece que vaya a tener mucho futuro.

En cualquier caso, lo peor del juego político es el uso de la mentira. Porque se puede y se debe discrepar entre derechas e izquierdas pero los argumentos utilizados deberían sustentarse en verdades y no en manipulaciones y falsedades.

La moción del PP en el Ayuntamiento de Xàtiva propuesta la semana pasada, al hilo de las existentes en el resto del Estado, manifiesta una oposición frontal a la ley, que podría ser legítimo en un partido de derechas y fervorosamente neoliberal, pero se convierte en fake o mentira continuada al hacer alegaciones totalmente carentes de veracidad.

Véase por ejemplo el susto que meten en el cuerpo a quienes son usuarios de la Educación Especial al oir los negros augurios de los populares sobre su desaparición. Algo que en absoluto se plantea en el texto, sino más bien todo lo contrario, sumándose además de algunos partidos en cuyos programas sí que aparecía esta propuesta, hasta su reciente y repentina desaparición.

También es un argumento tramposo y manipulador la reclamación de la libertad de elección de las familias, más allá del sistema público que financiamos con nuestros impuestos. Unos centros públicos que tienen un más que aceptable nivel de calidad, gracias, entre otras cosas, a los impuestos con los que se financian cuya propuesta de reducción no es más que otro globo de gas que nos explotaría en la cara. No obstante es lícito que quien disponga de los fondos suficientes, financie a sus criaturas la enseñanza en trilingüe en un colegio carísimo, pero sin pretender que ese deseo sea costeado por todos los demás. Cuesta aprender que los deseos no son derechos.

El tema de la lengua vehicular tiene un tratamiento especialmente nefasto en la denuncia de la ley, ya que ha obligado a una ingente cantidad de argumentaciones que se resuelven con la simple lectura del articulado cuando dice que “los alumnos deben acabar la enseñanza obligatoria con un dominio pleno tanto del castellano como de la lengua cooficial”

Y el “problema” de la Religión, dado que el número de creyentes practicantes de este país va cayendo en picado en cada nuevo recuento, no parece ser un problema de amplias sectores de la población. En todo caso, es una de las cuestiones en que la ley Celaá se queda extremadamente corta, porque sigue sin explicarse porqué un estado aconfesional, permite la enseñanza de una religión, de cualquier religión, en sus centros. Para eso están las iglesias.

Así que la derecha, derechita y derechona, tienen todo el derecho a criticar la ley, aunque sería deseable que lo hicieran con veracidad y en positivo, ofertando su modelo educativo para que lo compre quien lo quiera, sabiendo el saldo que se lleva a casa

AL FÚTBOL, LO QUE ES DEL FÚTBOL

La historia nos enseña que los grandes cambios llegaron a veces de la mano de pequeños gestos. Fueron personas humildes, anónimas, las que a veces tiraron del hilo que todo lo precipitó, derribando enormes edificios de injusticias y desigualdades

Valga como ejemplo Rosa Parks, que un día como hoy, hace justo ahora 65 años,  se negó a cederle su sitio a un blanco soberbio , porque estaba cansada y de mal humor, y harta muy harta de que las leyes jugaran en su contra y la colocaran a ella y a todas las de su raza en una posición de subordinación. Así que se plantó y le dijo al blanco que se buscara otro asiento que el suyo ya estaba ocupado. Pagó las consecuencias, claro que sí, pero encendió una hoguera que prendió en muchas personas, tan hartas y cansadas como ellas, que se fueron sumando hasta convertirse un en movimiento liderado por Martin Lutero King , en defensa de los derechos humanos que consiguió así una de sus más conocidas victorias.

También se aprende, normalmente a base de malas experiencias, que es más cómodo ponerse a favor de la corriente. Resulta más fácil ponerse de perfil y compartir el discurso de la mayoría, incluso cuando no se comparte o incluso se discrepa completamente, que oponerse y arriesgarse a despertar fervientes antipatías o incluso la cólera irracional y desorbitada de quienes desde la emoción y la víscera convierten sus opiniones en verdades absolutas, sin admitir disidencias que están dispuestos a aplastar de la forma que sea.  Pero también es una conclusión indiscutible que actuar bajo la presión de las mayorías , sin utilizar los propios criterios, la propia opinión, obviando las creencias y valores propios solo conduce a  una sociedad de borregas, uniforme, de una sola voz,  fácil de manipular.

Algo así ha pasado aquí con una jugadora de un modesto equipo gallego que acudió a un partido amistoso y se encontró ante la decisión unilateral y no consultada de guardar un minuto de silencio por la muerte reciente de Maradona. Se llama Paula Dapena y tiene 24 años, y las ideas muy claras . Para ella, Maradona no era más que un violador, un pedófilo, un putero y un maltratador, y no creía que mereciera ningún homenaje. También era un futbolista excepcional, sin ninguna duda, pero consideraba esta chica, como nos pasa a muchas,  que en la balanza que usamos para juzgar a las personas, ninguna habilidad, ningún don o cualidad excepcional puede disfrazar el valor del ser humano, ese que se manifiesta no porque pinte, baile, o juegue al futbol o al ajedrez mejor que nadie, sino en su conducta y los valores que manifiesta.  Maradona tuvo que morirse además precisamente el día en que en todo el mundo se condenaba la violencia machista. Si sus habilidades para manejar un balón no admiten discusión, tampoco la admiten sus conductas personales, su concepto de las mujeres y el trato que les dispensaba.. Nadie es perfecto, alegaran algunos, pero de no serlo, como nos pasa a la mayoría  a ser un agresor machista , va mucho trecho. Fue una víctima de su propia fama , justifican otros, y una piensa en las 40.000 denuncias presentadas en el último trimestre en este país por mujeres que fueron agredidas por quien más cerca estaba de ellas y concluye que evidentemente hasta en la categoría de víctimas, hay clases. El caso de este hombre, al que algunos llaman dios o semidios, se hace más duro por lo que tiene de consolidar un referente al quieren parecerse muchos chicos jóvenes que querrían ser como él.

Lo cierto es que morirse provoca muchas veces indudables ataques de amnesia, oportunos olvidos que nos hacen reconocer el mejor perfil del finado y tender un velo opaco sobre sus debilidades o errores. Es una muestra de respeto y consideración aceptable, siempre que no se exagere hasta el punto de  santificar alegremente a quienes tienen un lado oscuro que contamina cualquier otra valoración en positivo.

Maradona era y será siempre una referencia como futbolista, que no es lo mismo que deportista, pero también ejemplifica ese modelo de hombre cuyas relaciones con las mujeres se basan en el abuso de poder y en el ejercicio de una violenta masculinidad. Démosle al futbol lo que es del futbol, pero dejemos para la mitología sólo a  aquellos personajes que merezcan entrar en ella porque enseñaron a vivir y a convivir, en paz y con respeto.

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HOSTELERÍA Y SALUD

Circula estos días por las redes locales una carta abierta del sector hostelero de Xàtiva sobre la situación de la hostelería en la ciudad en la que se hace referencia a la importancia de un sector económico, el de la hostelería que se deriva no solo de su extensión -más de 300.000 bares, cafeterías y restaurantes en todo el país-,  sino del  papel esencial que juegan  en el ocio y la convivencia de toda la población.

Dicen las estadísticas que nuestro país tiene cerca de 3 bares por cada 1.000 habitantes, pero es una media; hay localidades con un único bar, y otras en las que tocan a 4 por cada mil habitantes. Su existencia es fácil de explicar en razón de esa pulsión tan propia y bien afincada en nuestra idiosincrasia que nos hace adictos al contacto social, tras una barra, a media tarde o antes de comer para tomarse unas cañas, picar algo y pontificar sobre lo divino y lo humano.

Durante el confinamiento no fueron considerados servicios esenciales por razones evidentes,  aunque a más de uno le hubiera gustado. Y  tuvieron que cerrar sus puertas y aguantar el tirón como otras empresas y ocupaciones.

Cuando parecía que se veía la salida del  callejón, levantaron sus persianas con alegría, propia y ajena, intentando  recuperar su vieja normalidad.  Quizás, como nos pasó a todos, con un exceso de confianza que junto a otros factores ha contribuido a que estemos afrontando ahora una situación igual o peor que la ya vivida.

A día de hoy circulan consejos y recomendaciones que a veces parecen contradictorias. Por un lado, se prescribe el aislamiento voluntario, con bien poco éxito también hay que decirlo. Pero se insiste en la conveniencia de quedarse en casa, de no hacer  vida social, de refugiarse en grupos estables y cerrados en los que estemos más protegidos frente al contagio. Pero, al mismo tiempo,  desde la avasalladora necesidad de reactivar la economía se escuchan múltiples llamamientos,  como el de la hostelería, los gimnasios o las peluquerías que han entrado en la zona de peligro y  no quieren de ninguna forma echar el cierre a negocios que permiten la subsistencia de miles de familias

Parece contradictorio pero podría no serlo si se consolidaran  conductas y actitudes  que permiten la coexistencia entre ambos planeamientos.

Porque, tal como se reclama en la carta, es momento de apoyar al sector, siempre con la firme determinación de disfrutar de un  ocio  totalmente sometido a los criterios  sanitarios en lo que se refiere a aforos, distancias, uso de mascarillas, etc…Donde no haya lugar para los incumplimientos, ni resquicio para las conductas estúpidas y peligrosas.

Pero es intolerable la fotografía de una Plaza del Mercat atiborrada de gente,  que incumple olímpicamente las normas de seguridad , de una muchedumbre que se hace trampas a sí misma,  mientras el dueño del local hace caja complacido.

Por eso el explícito llamamiento del gremio de la hostelería en la ciudad pone las cosas en su sitio. Porque resalta su estricto compromiso con las medidas sanitarias, que se produce en la mayoría de los espacios . Porque proclama el dato objetivo de que solo un 3.5 de los contagios en todo el país se han producido en bares y restaurantes.

Que no paguen justos por pecadores. Que no se cierren negocios  respetuosos con la salud pública, cumplidores de las normas, por falta de apoyo social. Y, por el contrario, que se controle y penalice  a los listos y aprovechados que siempre encuentran la manera de barrer para su casa, aunque con el polvo que provocan nos acaben asfixiando a todos.

JUVENTUD, DIVINO TESORO

Un chaval de Logroño, hijo de una limpiadora, ha tenido la iniciativa recogida en las noticias de estos días, de convocar a su peña y armados de mascarilla y guantes,  colaborar en la limpieza de las calles de una ciudad, que se queda hecha unos zorros tras las noches de juerga que algunos, con epidemia o sin ella, empeñados en negar una realidad más que evidente, se han montado por estas fechas.

La criatura, consciente de que su madre se desloma para llevar un plato a la mesa, son sus palabras textuales, es también sabedor de que la limpieza es una tarea que además de esfuerzo físico, exige una gran fortaleza mental. Por varias razones, entre ellas por ser una faena inacabable y efímera que nunca tiene fin, pero también porque la mayoría de las veces hay que limpiar la suciedad y el desorden que otras personas causan con su desidia, su pereza o insolidaridad.

 Su reacción más allá de la anécdota pone el foco en esa gente joven que no tiene nada de  criminal , ni es  insensata y  egoísta, sino que se toma al pie de la letra,  tanto como cualquiera, las recomendaciones para salir del pozo en el que estamos.

Porque con esa boca tan grande, que usamos con tanta ligereza a veces, parece haberse puesto de moda  hablar sólo y repetidamente de esos porcentajes de gente joven, que vemos  saltando como locos  y aullando a la luna, haciendo de su capa un sayo y poniéndonos a todos en peligro. Merecen desde luego nuestra condena y si se tercia un par de coscorrones o una visita a una UCI para ver cerca la cara del dolor y la muerte. Pero son un porcentaje y no se les puede convertir en el estandarte de toda una población juvenil en la que hay que creer y confiar que aprenderán de la experiencia y serán mejores que los adultos de hoy.

La gente joven sufrió  el confinamiento como todo el mundo, vio truncadas sus posibilidades de estudio, trabajo  y ocio como todo el mundo, tuvo que tragarse sus miedos e incertidumbres, incrementados por el hecho evidente de que  sus vidas están por decidir y el destino, o la suerte, o el karma, es decir, factores ajenos e incontrolados, pueden ser muy importantes en el  bombón de la caja que les toque.

Cuando conocimos aquello de la nueva normalidad, se apuntaron como todos a la vuelta y trataron de recuperar sus vidas con el mismo grado de resignación e impaciencia que el resto de la población.

Que hubo y hay excepciones que adoptan comportamientos penosos y reprobables, es seguro, no hay duda, pero está por demostrar, que en proporción, superen a otros  grupos de población, léase los pensionistas o el gremio de futbolistas . Y no se trata de acusar a nadie con el dedo, que somos rápidos en ofendernos y lentos en la disculpa, sino de evidenciar que en todos partes cuecen habas y que esa alta cuota de irrresponsabilidad e insolidaridad no es patrimonio e toda la juventud, sino de algunos de sus integrantes.

Flaco favor nos hacemos al considerar a la juventud como un peligro y no como una promesa de futuro. Al demonizarla y hacer pagar justos por pecadores. Es totalmente injusto olvidar a esas generaciones que estudian duro para formarse, a la juventud que investiga, que es emprendedora, que nutre las organizaciones solidarias, que manifiesta vocación política con ánimo de mejorar su realidad. Con esa foto mil veces repetida  del botellón, la juerga y el corte de mangas a la sociedad, se comete una gran injusticia y se cultiva una gran mentira, que como todas, nos acabará haciendo daño a todos y sobre todos a ellos y ellas, la gente joven que en lugar de recibir simpatía y empatía por su difícil situación, se ve señalada y criminalizada. Son futuro, son esperanza y, en su gran  mayoría, buena gente.

DÍA DE DIFUNTOS, AÑO DE DIFUNTOS

Este Día de Difuntos se presenta francamente diferente, como ha sucedido con todo lo relativo a este año 2020, que despediremos indudablemente con poca pena y nada de gloria.

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En un día como hoy, previo al de Todos los Santos, los informativos y medios de comunicación tendrían que estar ocupados en mostrar de mil y un maneras, con enfoques más o menos originales o costumbristas , eso que se podría llamar cultura funeraria, o tradiciones mortuorias que , tienen amplio seguimiento  en este país y conforman un nutrido grupo de costumbres que se practican fielmente en estas fechas.

Siendo las vísperas que son, se tendría que hablar hasta la saciedad de los arreglos realizados en los cementerios, de las medidas tomadas para organizar el tráfico y el aparcamiento. Sería el tema público obligado las toneladas de flores vendidas para la ocasión mientras que privadamente casi cualquiera tendría un momento de recuerdo íntimo para alguien que no se volverá a ver y al que se echa de menos. Pero hasta a los muertos, la pandemia les ha quitado el protagonismo, los ha escondido y enterrado nuevamente bajo toneladas de información, de cifras y estadísticas, de expectativas frustradas, de crecientes ansiedades y miedos alimentados. 

Por eso, lo que en general se está tratando son las medidas y recomendaciones que todos los Ayuntamientos han tomado para evitar a toda costa que la celebración de día de los Difuntos cause algún difunto más que pueda ser evitable.

Por eso se van a pintar los cementerios como si fueran circuitos de IKEA, señalando itinerarios de entrada y salida. O se limitará el tiempo de permanencia en el recinto o incluso el número de personas visitantes por familia, obligando a un triaje bien delicado.  Por eso, se regulan aspectos tan concretos como el origen del agua para las flores o para asear la lápida, que no podrá ser compartida y cada cual se deberá traer de su casa.

En resumen será una jornada dedicada a recordar a los que se fueron pero viven en nuestros corazones y nuestra memoria, ocasión para muchos de retomar conversaciones interrumpidas,  pero que, en todo caso a día de hoy, se ha de gestionar con un manual de instrucciones de obligado cumplimiento. Algo absolutamente necesario en aras de la prudencia y la seguridad pero poco recomendable desde el punto de vista de la naturalidad y la intimidad para mostrar sentimientos y afectos.

Aunque se produzca ese brutal cambio cromático que llena los camposantos de flores de colores vivos  que rompen la monotonía visual de las lápidas, aunque  el silencio de los muertos se vea roto unas horas por las conversaciones de los vivos,  este año nada va a ser igual aunque en el fondo se trate de lo mismo.

 Y la culpa de todo,  es evidente, la tiene el bicho, ese virus inhumano e implacable que nos derrota porque se aprovecha de nuestras debilidades y contradicciones… que nos acorrala en base a nuestra desmemoria, a nuestra soberbia y nuestra fragilidad.

En realidad, hemos vivido todo un año de difuntos, el que la muerte , que intentamos siempre mantener en el patio trasero de nuestro espíritu, ha impuesto  un protagonismo indebido a cuenta de una pandemia que en muchos sentidos,  nos ha puesto en nuestro lugar o por lo menos en una situación cuya superación exige lo mejor de cada cual. Si la felicidad consiste en encontrar el equilibrio entre las luces y las sombras, quizás la enorme sombra que proyectan las 35000 personas fallecidas en España en los últimos meses sean suficientes para valorar la alegría de vivir y tener salud.