ODIAR LA DIFERENCIA O RESPETAR LA DIVERSIDAD

Aunque cada vez menos,  ver a una pareja del mismo sexo mostrándose afecto mutuo, sigue siendo una imagen que a algunos perturba y que a unos pocos -repugnantes ellos- repugna.

Hay quien acepta con mayor facilidad  la  escena en la que  dos hombres se matan a tiros o se destripan a cuchilladas,  que aquella en la que dos varones hacen el amor. Y es que a pesar de que España es uno de los países que más ha avanzado en este terreno (un  88 % de los españoles se declara sin prejuicios), ha sido y sigue siendo difícil,  luchar contra cegueras y podredumbres insertadas en nuestro ADN durante los largos años vividos de mezquindad e hipocresía sexual.

Cerca del 6 % de la población europea pertenece al colectivo de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales e intersexuales (LGTBI), según un estudio que sitúa a España en segundo lugar tras Alemania, con un 6.9% de la población LGTBI.  Un  colectivo que ha tenido que hacer  un viaje duro y accidentado para superar estereotipos malignos que junto a condenas morales, tan hipócritas como letales, les asignaban vicios y taras de forma arbitraria y cruel. Personas que no merecen tolerancia, entendida ésta como “la cualidad de quien puede aguantar o soportar”, sino que la han tenido que practicar durante décadas para afrontar conductas inaceptables basadas en la más absoluta indecencia ética y moral.

Nunca lo tuvieron fácil y por eso, el 28 de Junio, el día del Orgullo intentan resumir  en un titular que son personas, humanas y corrientes,  que  a base de sangre, sudor y lágrimas han conseguido hacer calar el discurso del respeto y la dignidad frente al del odio y el rechazo social.

Con todo, el número de delitos de odio e incidentes discriminatorios registrados en 2017 triplicó los del año anterior. Y eso,  a pesar de que más del 80 % de la violencia contra personas LGTBI no se denuncia. Pero  siguen abundando ingeniosos comentarios que reclaman el Día del Heterosexual.

Más del 72% de las personas LGTBI ocultan su orientación sexual en el trabajo para evitar chistes, burlas e insultos o incluso la pérdida del empleo. Y eso a pesar de que se haya vuelto habitual presumir de tener amigos gays o trans como si eso fuera una vacuna contra la discriminación y el prejuicio.

Por todo ello, a pesar de reacciones paternalistas y pseudoprotectoras, a pesar de desprecios encubiertos o de manipulaciones llenas de demagogia, más que nunca hace falta abrir, en lugar de los armarios, las ventanas del corazón y la mente de muchas personas que se asfixian en sus propias miserias sexuales.

Por eso es imprescindible la existencia y presencia de Asociaciones como Arc de Sant Martí, Asociación LGTBI de Xàtiva y alrededores, que como ellos mismos dicen, estarán en la lucha  “…mentre hi haja una parella de dones o homes passejant per l’Albereda agafats de la mà, i algú els mire amb estranyesa o els increpe, mentre un bes al mig de la plaça del poble per una parella LGTBI continue molestant, mentre hi haja xiquetes i xiquets que estiguen sofrint bullying a l’escola per la seva orientació sexual o de gènere, etc… ”

Es de agradecer la programación realizada, online no hay más remedio,  el compromiso institucional, y sobre todo el coraje demostrado por quienes han de combatir demonios internos y externos, para reclamar su derecho  a ser y amar como quieran y a quien quieran, sin que haya censor, detractor o fustigador que se crea con derecho a vetar sentimientos y  juzgar aquello que pertenece a la más estricta intimidad de las personas.

 

VALÍAN LA PENA

No hay palabra que describa el vértigo que produce mirar a la cara a algunas cifras y convertirlas en realidades de carne y hueso, con caras y piernas, dueñas de un pasado extenso  y  privadas de un futuro cortado en seco.

Hablar de casi 20000 ancianos muertos por la pandemia no puede ser un dato más, simplemente informativo como el número de mascarillas que se necesitaron o de efectivos de las fuerzas de Seguridad que actuaron. Porque si pasamos del relato estadístico a la cruda comprensión de lo que esa cifra esconde, nos encontramos hablando de Conchas, Manolos o doña María, que murieron no porque llegara su hora, sino porque alguien tomó decisiones que les hicieron morir. De gente que deja hijos y nietos que les lloran pero también  balcones llenos de plantas, y partidas de cartas sin terminar, y labores de punto sin rematar… vidas propias que nadie tenía derecho a despreciar.

Si la pandemia en su conjunto ha sido  una pesadilla distópica, el remate es llegar a la conclusión de que su intrahistoria contiene uno de los momentos más vergonzantes y francamente insoportables de la historia de este país: aquel en el que las vidas de muchas personas fueron ofrecidas a  modo de sacrificio, según una escala de prioridades difícilmente defendible.

Una sanitaria relataba su satisfacción por la superación de la enfermedad de una anciana de 80 años a la que se trató convenientemente, con los medios necesarios,  valorando que  valía la pena dado que antes del contagio era una mujer activa y autónoma. Ese fue el factor que salvó su vida lo que no hubiera sucedido de haber sufrido limitaciones o patologías  habituales  en tantos y tantos ocupantes de residencias, a los que  un párrafo incluido en una circular interna excluyó de cualquier posibilidad de tratamiento y recuperación. Al parecer,  no valía la pena  invertir en ellos los medios que podrían haberles salvado la vida.

Hay decisiones políticas que duelen y dañan, que perjudican y complican la existencia de las personas. Pero es difícil recordar alguna tan terrible, tan nefasta y tan letal como la que recomendó no trasladar a hospitales a las personas ancianas que manifestaran síntomas de la enfermedad, que, por el contrario debían ser aisladas o lo que es lo mismo abandonadas a su suerte. Si no disfrutaban de seguros particulares, claro, ya que en ese caso, cuentan ahora quienes lo vivieron en primera fila, las ambulancias las esperaban en las puertas de la residencia para su traslado al hospital, como dios manda..

Esa gestión no admite comprensión, ni justificación posible. No se está hablando de equivocaciones, de errores de juicio o de procedimiento, de una evaluación érronea de daños…No se está hablando siquiera de algo que pertenezca al ámbito de la disputa política, sino esencialmente de derechos humanos.

Fuera de melodramas y  victimismos que disfrazan la realidad, hay que llamar a las cosas por su nombre,  sin esconderse tras eufemismos baratos. Aunque  cause bastante miedo y más vergüenza,  afrontar tantas pérdidas humanas causadas  en función de su año de nacimiento y la ineptitud de algunos gobernantes.

DE MAYORÍAS RESPONSABLES Y MINORÍAS IRRESPONSABLES

Parecía difícil, todo un desafío, parar un país en su totalidad y mandar a la gente a su casa. Era sin duda,  tarea ardua y compleja que sin embargo, fue asumida sin resistencias,  por  la gran mayoría movida por la responsabilidad  y también, para que ocultarlo, por el miedo.

este virus

Cerraron  bares y restaurantes, lo nunca visto en este país. Cerraron los centros educativos y los estudiantes grandes y pequeños marcharon a sus casas, extraños y extrañados pero obedientes. Luego fueron también las empresas, las administraciones, las fábricas…las que se sometieron a ese confinamiento en el que cada uno desde su casa se asomaba a la ventana, lleno de perplejidad y desconcierto. Y aguantamos lo que hizo falta, lo que nos dijeron, privados de derechos básicos y nunca antes  cuestionados, por lo menos en las últimas décadas,  como el derecho a movernos libremente, a entrar y salir como y a donde nos diera la gana. Quien nos lo iba a decir! Pero lo hicimos,  porque las opciones estaban claras aunque fuera duro y difícil.

Pero ahora,  se está demostrando que poner  en marcha un país, recuperar su musculatura, debilitada por la inactividad, adaptarse a las nuevas condiciones creadas,  tampoco es tarea fácil, en absoluto. Sobre todo porque pasado el primer momento de pavor que consiguió unirnos frente a la amenaza, superados esos días en que las cifras de personas fallecidas provocaban vértigo, olvidada la sensación de fragilidad que producía ver como nuestra vida dependía de factores ajenos a nuestra voluntad….  la memoria de pez que a algunos  caracteriza, les  hace olvidar el susto pasado. Y por eso, entierran en lo más hondo de su memoria los días duros de la pandemia, y pretenden hacer borrón y cuenta nueva, volver a empezar, retomar las cosas donde las dejaron.  De ahí la avalancha a terrazas y bares  como si nos fuera la vida en ella, sin darse cuenta de que quizás sea así. Y la pelea con las mascarillas, odiosas pero efectivas que hay quien lleva  colgada de la oreja, de forma poco recomendable. Y se instalan en la queja permanente, en la crítica incineradora que busca incansable,  culpables a los que fusilar. Y surgen los sabelotodo que enmiendan la plana a expertos y  protestan amargamente  porque no nos devuelven nuestra anterior vida con nuestro trabajo y nuestras cañas… sin apreciar la importancia de estar vivos y sanos para disfrutar de ambas cosas.

Pero aunque ladran mucho, esta gente no es la mayoría. No tienen razón quienes predican que somos un pueblo de cretinos e irresponsables que se saltan las normas a la torera. Como no es cierto a pesar de la fama que nos cuelgan que seamos un país de perezosos y holgazanes.  No es así y afirmarlo taxativamente, generalizar,  nos hace un flaco favor. De hecho, de ser cierto, la famosa curva que había que aplanar continuaría en ascenso y no habría negocios que abrir, ni terrazas que frecuentar. De hecho, con el esfuerzo colectivo y mayoritario  hemos construido entre todos un fuerte muro tras el que defendernos aunque sea difícil   asumir para cualquiera   que esto no ha sido un paréntesis, sino un punto y aparte, que nos deja ante un paisaje preocupante que habremos de superar.

 El frenazo en seco de la economía hace que más de 6 millones de personas tengan que basar su subsistencia hoy en los sistemas de protección social , con un gasto mensual  de alrededor de 9.000 millones de euros   a cargo de las arcas del Estado, que son grandes pero no infinitas. 86.000 pequeñas empresas han desaparecido y se prevee que el paro alcanzará a cerca de un 19% de la población activa.

Así que vienen tiempos duros en los que habrá seguro quienes se dedicarán al boicot permanente, pero la inmensa mayoría como ha pasado hasta ahora, es seguro que dará la talla, aguantando el temporal y  mirando por todos para que nadie , efectivamente, se quede atrás.

NUESTRAS AMIGAS, LAS MASCARILLAS

Nos hemos de hacer amigas. Será sin duda una amistad interesada, pero de esas hay muchas que se mantienen a lo largo de los años porque la necesidad es mutua y el servicio prestado tiene carácter esencial.

Y eso que ellas no son, en absoluto,  agradables. Más bien son molestas, impertinentes, e incómodas. Además nos uniforman y nos hacen irreconocibles aunque muchos invierten  en diseño y colorido para  maquearlas y personalizarlas como si fueran a ser un rasgo distintivo de nuestra personalidad.  Un interés que se puede considerar exagerado y fuera de lugar, pero que responde a la íntima convicción,  que se va instalando en el sentir general, de que no vamos a poder prescindir en mucho tiempo de estas amigas.  Son las mascarillas.

Cuando veíamos uniformados con ellas a los japoneses, mucho antes de la aparición del Covid 19, nos parecía algo exótico y lejano a nuestras prioridades. Y aunque nos contaban que era una forma de autoprotección, a la vez que de respeto ante quienes se  compartía espacio físico, todo nos parecía una especie de monserga paranoica propia de quien desarrolla un temor exagerado a virus y bacterias.

Cuando de forma más reciente, veíamos a millones de chinos con ellas, como defensa colectiva ante una  enfermedad que parecía causada por uno de esos virus, nos  parecía  que no podía ser una amenaza real para la Europa desarrollada y soberbia que habitamos.

Pero en este mundo globalizado y deslocalizado,  del que a veces nos sentimos inexplicablemente orgullosos, también las enfermedades corren una barbaridad y llegan en cuestión de días a la otra parte del mundo dejando en evidencia que no hay país, ni continente, por rico que sea que disfrute de inmunidad y pueda  creerse invulnerable.

Para la contención de la pandemia, se ha de recurrir a las modestas mascarillas. Un objeto humilde y de escaso prestigio cuyo uso generalizado se produjo a principios del siglo XX, con la llegada de la mal llamada gripe española. Al principio de la crisis fue tesoro más valorado que el petróleo porque  ser rico, pero difunto,  no es negocio interesante. Con todo, a su costa algunos intentaron sacar dividendos, disparando su precio aún a costa de enviar a primera línea de cuidados y contagios a gente con escasas defensas y utilizándolas como arma política en una confrontación irresponsable que nunca hubiera debido existir.

Ahora reglamentado su precio, garantizada su disponibilidad, se imponen normas de uso, derivadas del consejo científico que se enfrentan a dos graves problemas. El primero porque  en este país, todo el mundo lleva dentro  un científico frustrado que le capacita para  enjuiciar y discutir decisiones de expertos en función de preferencias personales. Y de ahí multitud de “adaptaciones” personalísimas y a veces algo peregrinas, tipo Trump, que solo confunden y ponen en peligro los avances conseguidos. Por otra parte, como  ha quedado demostrado, de este agujero se sale trabajando en equipo, sin excepciones. Lo que no hace recomendable la picaresca de la transgresión, las trampas a propios y ajenos, para poder prescindir de las mascarillas por diversas y variadas razones, mejor o peor argumentadas, pero insuficientes para justificar que uno respire bien a costa, quizás, de llevarse por delante a gran parte del personal con el que se cruce, a veces gente a quien tenemos en gran estima. Solo la posibilidad, debería ser disuasoria.

Así que, por la cuenta que nos trae, cultivemos la amistad con nuestras amigas,  las mascarillas. Nos pueden salvar la vida a nosotros y a quienes queremos. Llevarlas es agobiante, incómodo, nos conviertes en seres  torpes y desmañados. Pero si se piensa en la alternativa, en el sonido de un respirador, por ejemplo, la decisión es fácil.

CACEROLAS Y LIBERTAD

Es fácil perderse entre fases enteras y medias fases, entre franjas horarias, tamaño máximo/mínimo  de los grupos y esa sutil distinción que obliga a pasear con las criaturas para no ser abroncadas, distribuidas equitativamente entre los progenitores, mientras que al pelotón, en amor y compañía, pueden dirigirse a sentarse en una terraza a tomarse un helado, sin que nadie les respire.

Son, en todo caso, menudencias, disonancias, difíciles de evitar cuando se tiene que organizar la vida de todo un país, que por otro lado no es demasiado aficionado a que le digan lo que tiene que hacer. cacerolada1

Aunque es también  un país que, como ha quedado demostrado, es muy capaz de actuar ante la disyuntiva correcta (vivir sano en aislamiento o morir enfermo en la barra del bar)  con absoluta responsabilidad.

Todos, menos ciertos ciudadanos para los que las manifestaciones siempre habían sido algaradas de la chusma,  y que  justamente ahora han descubierto que las cacerolas, objeto doméstico tan invisible e ignorado como quienes las limpian todos los días, tienen otra utilidad.

Así que apropiándose del glorioso y prostituido concepto de  libertad, salen a la calle a reclamarla al mismo tiempo que hacen un  uso indebido  de  ella, sin explicar  que  su exigencia pasa por  saltarse las normas que  han salvado el pellejo de mucha gente, a costa del sacrificio de otros muchas, y dejando en el camino unas ausencias intolerables que no merecen ser olvidadas.

Crece la impaciencia de llegar a la fase III o la que sea, en la que se pueda ocupar  la calle con cierta flexibilidad. Entre otras cosas para  dejar constancia de que la mayoría confinada de este país, ama la libertad como el que más, seguramente bastante más del que pregona su patriotismo pijotero  desde el  descapotable.  Y sabe que sólo es digno de ella, quien la conquista cada día.

EN EL SUPERMERCADO

Nunca fue especialmente divertido o gratificante ir a comprar al supermercado, peaje obligado que, a pesar del compromiso ético con el pequeño comercio,  se sigue pagando alguna vez que otra. Sin embargo en los tiempos del coronavirus, las incursiones han perdido cualquier atractivo que pudieran tener ( rapidez, diversidad, aparcamiento..) para convertirse en una experiencia estresante y peligrosa. comprador 2

Para empezar cualquiera con dos dedos de frente sabe que allí como en cualquier sitio cerrado y de previsible confluencia con otras personas, hay que llevar el equipo completo antiCOVID, consistente en la mascarilla antipática y los guantes torturadores. A éstos últimos se ha de añadir después los de la propia empresa que te los proporciona junto con un remojón gratuito de solución  hidroalcohólica.  Ahí ya se suelen ver muestras del despiste y estado de nervios que la experiencia ocasiona a algunos, porque esa debe ser la causa de ver a compradores  confusos intentando dilucidar ante el extintor de fuegos, la palanca que han de apretar para cumplir con su responsabilidad. Si hay suerte y un guardia de seguridad cercano, les echará una mano y se podrán ir con la cabeza alta, las manos húmedas y un mayor conocimiento de las medidas de seguridad existentes en la tienda.

También se ha visto quien en lugar de estrenar guantes, los coge  – usados y por evidente confusión- de la papelera cercana cuya ubicación no es la más acertada por lo que se ve. O peor aun, se quita los que llevaba puestos, estirando la punta de los dedos con la boca (¡!!), para sustituirlos por los que les facilitan.

Una vez dentro, la mascarilla ejerce un efecto sorprendente porque no solo acaba produciendo  una apnea considerable,  tal cual como si estuvieras en inmersión submarina , sino que además, contra toda lógica, te impide ver y oir  bien. No ves los productos, no encuentras lo que buscas, y no reconoces a nadie. En cambio hay gente   que te saluda, o lo intenta, con una efusividad  totalmente fuera de lugar. El espectáculo de quien quiere saludar con beso y abrazo entregado porque es de talante cariñoso y no considera que haya que exagerar las normas,  frente  a quien rechaza de plano el contacto mediante la interposición de carrito o  el disparo del codo,  puede resultar sumamente revelador de la naturaleza humana. Casi tanto, como ver a criaturas aburridas que en momentos de despiste de sus cuidadores -que tienen un punto humano y falible- pasan la lengua con delectación por el asa del carro , en una visión que fascina tanto como paraliza.

En fin, la etapa final en la caja que te suele pillar en un estado considerable de cansancio y confusión, exige concentración y agilidad. Te enfrentas a una cajera, pertrechada con la armadura necesaria, más cansada seguro que tú que  llevas solo un rato , mientras que ella lleva toda la jornada,  que seguramente te echará una sonrisa comprensiva al ver tus agobios y sofocos,  aunque tú no te enterarás porque solamente le ves las orejas.

Si no te has actualizado y pretendes pagar en efectivo –mal hecho- tendrás el castigo añadido de intentar contar billetes y monedas con esa doble capa de guantes, bajo las cuales ya no hay manos, sino muñones chorreantes.  Si pagas con tarjeta, cuidado, porque ya se han dado casos en que en el fragor del embolsamiento, una se lleva el datáfono a casa junto con las lechugas. Y luego ha de devolverlo y afrontar un cierto sentimiento de culpa y ridículo.

Experiencias del coronavirus en clave de humor. No porque el tema no sea terriblemente serio, sino porque si no ponemos humor para sobrevivir, la supervivencia hará que nos olvidemos de reir que es la terapia más barata y efectiva contra el pesimismo desintegrador.

IR DE COMPRAS

Seguimos saliendo a la calle, asustados ante la presencia de un virus invisible pero peligroso, pero empezamos a mirar el mañana, el día de después, que casi resulta igual de aterrador. Oir las cifras es como padecer una granizada al descubierto, porque cada una es peor que la anterior. Nos perdemos en los miles de millones, pero lo cierto es que cualquiera es capaz de anticipar que vienen malos tiempos, malísimos, en los que vamos a tener que cuadrarnos ante la andanada económica y protegernos mutuamente para que, a diferencia de lo que ha pasado en otras ocasiones, no haya una salida con alfombra roja para algunos, mientras que la gran mayoría intenta escabullirse aunque sea a cuatro patas para poder sobrevivir. apoyo al comercio

Un factor esencial para la recuperación es el mantenimiento de los pequeños comercios que al subir las persianas en las actuales circunstancias, no solo hacen una apuesta valerosa para salir adelante sino también una importante contribución al futuro de las ciudades y pueblos. No es fácil amasar grandes fortunas desde un pequeño comercio, pero con suerte se puede vivir bien a la vez que se presta un servicio fundamental a unas ciudades a las que facilitan un eje vertebrador  basado en la presencialidad y el reconocimiento mutuo. Ya antes del virus, sus negocios  no eran fáciles de sacar adelante porque exigían  mucho trabajo con cero garantías y en durísima competición con otros modelos (la venta online, las grandes superficies…) que no daban tregua en su inequívoca pretensión de ocupar el mercado. Parece cómodo y fácil comprar desde el sillón a golpe de tecla, pero el efecto final es demoledor para las economías de subsistencia  y  la convivencia.

Pero ahora, noqueados y llenos de temores, las peluquerías y las pastelerías,  las tiendas de ropa, los bares y restaurantes, las librerías y papelerías,  los gimnasios, herboristerías … no hablan de rendición, ni de resignación. Al modo de David contra Goliath, el pequeño comercio presenta una tozuda resistencia para no desaparecer.  Ya se sabe que no es  valiente quien no tiene miedo, sino quien se enfrenta a él.

Por ellos no va a quedar, y así queda demostrado en las redes sociales donde en un grupo llamado  “Yo compro en Xàtiva”, se suman esfuerzos, experiencias, consejos y algo de terapia. Se percibe su  firme voluntad de no tirar la toalla y pelear duro por sacar adelante sus negocios. Van a contar, sin duda,  con ayudas y subvenciones provenientes de las Administraciones, pero su mayor garantía de victoria es su capacidad de resistencia, de rebelarse  contra las cifras que sólo indican pérdidas, de no entregarse al catastrofismo y darse por derrotados,  buscando culpables a quien insultar  en lugar de soluciones para progresar. Saldrán adelante con imaginación y creatividad, con persistencia, con generosidad y humildad. Son comerciantes y tienen algo que las grandes superficies y el comercio electrónico no pueden ofrecer: contacto humano,  mutuo conocimiento,  trato amable y  cercanía. Y son también una forma de invertir en el futuro de la ciudad ya que los estudios demuestran que el dinero de las compras que se hacen en los negocios de proximidad se mueve en la ciudad tres veces más que el dinero invertido en grandes cadenas que sale casi de inmediato de la región y en muchas ocasiones del país Su existencia es  imprescindible si  queremos vivir en un espacio que sea sostenible, sano, donde no sea obligatorio coger el coche para comprar el pan.

Ir de compras es una actividad cotidiana de quienes somos el último eslabón del sistema económico, pero nuestra decisión, nuestra elección tiene repercusión directa en el modelo de sociedad que queremos vivir.

OPOSICIÓN LEAL O CRIMINAL

Que el PP sea desleal a Sanchez no es ninguna novedad, como que los nacionalistas tiren para casa como hace la cabra al monte, porque es su naturaleza y no se puede evitar. Pero si entre unos y otros, por la aritmética de las votaciones, todo el entramado de protección jurídica y social que se ha levantado en este país se va a la mierda, la deslealtad no será entre los partidos, sino hacia una ciudadanía que ha hecho un esfuerzo histórico por asumir sus responsabilidades, a caballo entre el miedo y la esperanza.lealtad2Vivir en Estado de alarma no es algo deseable para nadie. Sentirse constreñido, controlado, dirigido hasta en las decisiones más personales, tutorizado por el Estado como si fuéramos menores de edad mental, a los que no se puede dejar a su libre albedrío no es situación grata para nadie. Vivir rodeados de prohibiciones, de normas, de horarios e imposiciones no es cómodo, ni fácil, ni deseable. Percibir un país parado que presencia pasivo como la inactividad nos conduce, lentos para seguros, a la ruina individual y colectiva, es una experiencia amarga y desasosegante.

Pero si, como la mayoría hemos acabado por comprender, es la única forma y garantía de superar un trance colectivo que afecta algo tan básico como la supervivencia, abrazamos el Estado de Alarma, no con cariño, pero sí con absoluta responsabilidad. Y no es amor al Gobierno, ni a los partidos que lo componen. No es seguidismo,  connivencia, complicidad. Responde a un instinto básico de conservación junto a una confianza relativa pero refrendada porque las decisiones tomadas parecen razonables, están avaladas por quienes tienen realmente el libro de instrucciones para combatir el virus y además parecen dar buen resultado.

Lo cual no quiere decir que los rojos se hagan rosas, o que los azules dejen de serlo. Que hayamos dejado de ser país de lealtades ciegas y odios infundados. Solo que la gente es mil veces más sensata y juiciosa de lo que está demostrando la oposición de este país que sigue practicando la política estrecha y mezquina  de dar leña al mono. Que al contrario de lo que están haciendo en otros países, está utilizando una crisis sanitaria global y descomunal para mantener ese sucio estilo opositor que consiste en ensuciar, desgastar y demoler aunque se dañe y se destruya de paso a toda la sociedad, sin ofrecer mejores alternativas, cultivando el rencor y la desazón para convertirlo en munición para sus intereses.

Pues ya se sabe, quien siembra vientos….y si se desarman todos los mecanismos de protección social dejando a las familias solas con su miseria, si se permiten los viajes y los abrazos que tanto ansiamos,  es muy probable que se pierdan los inestables avances en esta guerra sin cuartel. Y eso significa perder vidas que es lo único que debería preocupar a cualquier persona decente.

MADRES

Fuimos madres a veces sin pretenderlo, a modo de sorpresa que te da la vida y que  te dura, ya toda la existencia. Otras veces fue resultado de nuestro empeño, de nuestra personal decisión que tomamos por razones que nunca explicamos a nadie, ni siquiera a nosotras mismas.

Fuimos madres reidoras, divertidas,  satisfechas que disfrutamos de la infancia feliz y cansada de quienes giraban en torno a nosotras, pidiendo amor y papillas, higiene y canciones de cuna. Que a veces tuvimos instructoras  que nos silbaban en el oído, pero otras,  estuvimos solas, sin manual de instrucciones  y así superamos largas noches de insomnio por un diente impertinente o un oído doliente.MAMA

Fuimos madres dedicadas, esforzadas, empeñadas. Sufridoras, preocupadas, siempre intentando estar a la altura del desafío que significaba hacerse cargo en cuerpo y alma del destino de otro ser. Hasta que comprendimos que, en realidad, su  destino estaba en sus manos, no en las nuestras. Y lo que hacen las madres , en realidad, es solo intentar colocarte en la mejor posición de salida,  abrocharte unos buenos zapatos que no te hagan tropezar a mitad camino, y mirarte, ya calladas, mientras que inicias el recorrido.

Somos madres definitivas que jamás abdicamos, que nunca  dejamos de repasar cada noche la lista de nuestros retoños aunque sean hombres y mujeres autónomos y autosuficientes, competentes en sus vidas y soberanos en sus decisiones. Pero somos sus madres, lo hemos sido siempre, y lo seguiremos siendo porque  hemos peleado por construir vidas completas, las suyas y las nuestras, y entre ambas, a pesar de la  distancia visible e invisible, existe un  vínculo que es permanente e indestructible.

 

PAÍS EN CHANDAL

Igual que fue sorprendente en su día constatar el alto número de paseantes de perro que habitaba el país,  ha sido hoy emocionante descubrir  la fantástica y generalizada afición a la práctica deportiva.  En cualquiera de sus grados, desde el runner superequipado al que se solo se ve el trasero cuando te adelanta hasta el paseo cansino pero satisfecho de parejas convencionales que no van a ninguna parte.

odiar para flojitosTodo un país en chándal  ha tomado las calles y las avenidas para darse el sencillo placer de estirar las piernas o sudar las camisetas porque lo importante no era, aunque también, ver y dejarse ver después de tantos días de soledad. Ni tampoco estrenar ropa deportiva que mola, ni conseguir un cuerpo escultural, que eso vendrá después.  Era respirar aire libre precisamente el que no suele oler a nada, o levantar la vista sin toparse con una pared o una finca. Se trataba simplemente de  mover ese cuerpo anquilosado  al que parecían sobrarle las piernas después de tanta inactividad .

El paseo puede causar efectos alucinógenos tras el periodo de privación vivido, provocando desaforados  sentimientos de estima y solidaridad. Quizás por eso se vuelve con la idea pujante de que somos un país que se merece salir adelante, compuesto en su mayoría de buena gente, de gente decente que no le desea mal a nadie y solo quiere vivir en paz. Que no le pide a la vida grandes posesiones o inmensos poderes, sino  poder vivir con dignidad, con bienestar y en libertad, disfrutando sin privilegios ni exclusiones de placeres tan  básicos y usualmente poco valorados, como el de pasear una tarde de casi verano, a la hora de la puesta del sol.

Solo sobran, en este paisaje idílico,  y no del todo irreal, ese puñado de ciudadanos que viven en y para el odio. Que disparan a todo lo que se mueve. Que llevan el NO tatuado en la conciencia, porque decir SI , si es muestra de apoyo mutuo o solidaridad, les parece que es muestra de debilidad Que mienten a los demás y a ellos mismos, que no saben construir nada porque su empeño es dinamitar las bases de la convivencia. No son muchos pero vociferan con una potencia que engaña y contamina. De hecho son capaces de arrastrar a quienes, aun estando a veces en las antípodas políticas, interiorizan ese discurso de desafección permanente y crítica feroz que sólo habla de lo mal que hacemos las cosas, de nuestro espíritu de insubordinación egoísta e irresponsable.

Pero somos un país que ha cumplido con lealtad y sacrificio las condiciones que le impusieron para garantizar un final feliz para todas las personas, sin dejar efectivamente a nadie atrás. Somos, es verdad, un país nada fácil  que todo lo discute y lo critica pero que en esta ocasión hemos dado la talla. Cada cual en la parte que le tocaba. En el compromiso colectivo y en la responsabilidad individual. Le pese a quien le pese.

Así que a pesar de que sean tan insistentes los tambores del odio, mejor no entrar en el refugio inútil del rencor y la descalificación global, y reconocer y celebrar que valemos la pena como sociedad, que el esfuerzo ha valido la pena  y que por eso hay que seguir luchando  por salir de ésta.