PAÍSES RICOS, PACIENTES DESAMPARADOS

El 7 de Abril es el   Día Mundial de la Salud porque la Organización Mundial de la Salud así lo escogió para crear conciencia sobre las enfermedades mortales mundiales. En el contexto que vivimos, una celebración de lo más adecuada desde una realidad que proporciona por sí sola argumentos más que suficientes. El lema de este año es “Construir un mundo más justo y saludable” y viene al pelo para justificar una campaña que pretende evitar lo que está pasando con las vacunas a escala mundial: hasta hace bien poco, se habían administrado más de 455 millones de dosis de vacunas contra el covid-19 pero solamente el 0,1% de éstas se han destinado a  los 29 países de menores ingresos.

Esta brecha en la inmunización entre países ricos y pobres no sólo es rechazable desde la ética y la justicia social, sino que es además una estrategia torpe y calamitosa desde el punto de vista epidemiológico, ya que allí donde  el virus campa a sus anchas, se producirán mutaciones imprevisibles que se extenderán inevitablemente, inutilizarán las vacunas y volverán a amenazar a las poblaciones de esos países ricos que pretenden ocupar en exclusiva  los botes de salvamento y dejar que se ahoguen los demás.

Con todo, la salud de las personas no sólo está directamente relacionada con la pandemia. Es evidentemente, a día de hoy, un factor esencial y lo seguirá siendo hasta que se cumplan las tranquilizadoras predicciones de la comunidad científica que hablan de que con el virus que hoy mata, mañana podremos convivir. Y lo haremos,  si no en paz, por lo menos en un empate técnico que no significará para la Humanidad tantísimas pérdidas como hasta ahora.

Pero además del COVID, la salud de las personas está amenazada por otras patologías y dolencias que correctamente tratadas en tiempo y forma,  deberían llevarse por delante al menor número de personas posible. Enfermedades que comprometen  gravemente la calidad de vida de quienes las sufren, que aunque comprendan a la perfección el  orden de prioridades impuesto por la gravedad de la situación, necesitan y merecen ayuda ante los dolores,  malestares o limitaciones que sufren. Nada más terrible que la sensación de desprotección y vulnerabilidad al percibir que las puertas de la atención médica están cerradas porque no hay capacidad de atender a nadie más.

Es cierto que nuestro sistema de salud ha tenido que tensarse hasta límites insospechados en este último año. Y que ha dado una respuesta más que aceptable, rozando el nivel de la excelencia por lo que toca al esfuerzo del personal sanitario y auxiliar que ha dado la cara en las circunstancias más difíciles y complejas.  Pero el esfuerzo ha puesto de manifiesto la fragilidad de las costuras de un sistema que salió tocado  tras la crisis económica, con la disminución de su personal, del gasto público y de las inversiones.

De ahí, las alertas de los propios profesionales y las personas afectadas sobre el enorme perjuicio que se deriva de la incapacidad del sistema de dar respuesta a todas las situaciones de riesgo para la salud, sin excepción. La paralización de las consultas esenciales como las de Oncología, Neurología o Cardiología supone poner en riesgo la vida de muchas personas que dependen de controles, pruebas o tratamientos. No es de recibo que en el Área de Salud Xàtiva-Ontinyent haya demoras de 7 o 10 meses para conseguir citas con determinados especialistas. El problema no son las personas que lo trabajan, sino un sistema infradotado y sobrepasado que exige cambios y mejoras que no sean coyunturales,  porque no sólo de COVID se muere la gente.

LA FIESTA DE LAS VACUNAS

Esta pasada semana se ha producido, a modo de ensayo general,  la vacunación masiva del profesorado de la ciudad que ordenadamente, sin prisas, pero sin pausas, ha pasado por los espacios habilitados al efecto para recibir esa oportuna y necesaria banderilla que permitirá ir poniendo distancias entre la enfermedad y la sociedad.

Ya se ha completado, por lo menos en esta ciudad, la vacunación de las personas mayores, la población diana de la pandemia, la más castigada, la más desprotegida. A diferencia de otras ciudades como Madrid  que se le están tomando con una calma inaudita , a pesar de las terribles cifras que hablan de cerca de 30.000 ancianos y ancianas fallecidos, dos tercios de ellos en los cuatro primeros meses.

Hoy en toda España más de 2 millones y medio de personas han recibido la pauta completa y a día de hoy el número de personas con media vacuna en el cuerpo superan el  total de personas contagiadas. Buenas noticias, que están a años de luz de la situación que vivíamos hace solo 12 meses cuando nos sentíamos, y estábamos, absolutamente indefensos y vulnerables ante una amenaza invisible a la que casi no sabíamos poner nombre.

De las vacunas algunos desconfían, quizás porque sus estudios en biotecnología  o epidemiología les permiten defender hipótesis  con las que consideran necesario preocupar al personal. Pero el común de los mortales, sabiendo que somos, eso, mortales, deposita su confianza en lo que se presenta hoy como la mejor y única respuesta para evitar ese contagio comunitario que llena a rebosar los hospitales y las UCIs.

Es cierto que se han dado reacciones adversas de mayor o menor gravedad. Pero es algo que tiene cierta lógica, con campañas tan masivas de vacunación en España y en todo el planeta. En todo caso, no son más que anécdotas en el cómputo general, aunque esos expertos, formados en las tertulias y doctorados en la barra del bar, se empeñen en presentarlos como casos habituales. Efectivamente,   hay gente que reacciona ante la vacuna con bastante incomodidad, e incluso hubo quien tuvo que ser hospitalizado, y tal vez alguien en Yakarta o en Moscú falleció tras recibir la vacuna. Pero teniendo en cuenta que en todo el mundo han recibido la vacuna más de 300  millones de personas, hay grandes posibilidades estadísticas de que a algunas de esas personas le atropelle un coche cuando salga del centro de vacunación o incluso de que sufra un ictus o una angina de pecho que acabe con su vida. Y  y aun con todo, no se desdeciría en absoluto el valor de la vacuna .

Hay quien basa su desconfianza en las vacunas en la rapidez conseguida para cerrar unos procesos que hasta ahora habían requerido de una media de 10 años para su elaboración, experimentación y aprobación. Pero olvidan un factor esencial que marca la diferencia: a diferencia de lo sucedido con otras vacunas, otros medicamente, la búsqueda de esta vacuna ha sido una carrera de equipo, en la que la comunidad científica ha colaborado con total transparencia. Cuando la necesidad aprieta tanto, tantísimo la cooperación científica se intensifica hasta lo nunca visto, olvidando las competencias por las medallas y por el negocio, y consiguiendo así resultados que no son artículos de fe, sino productos con todas las garantías, diseñados para proteger vidas muy amenazadas.

Por otra parte, los países ricos y menos ricos han abierto la bolsa de los dineros, invirtiendo  los fondos necesarios en la investigación, sin regateos ni mezquindades, para que la investigación contara con los recursos necesarios. Por eso estamos ahora  con la fiesta de las vacunas. Las europeas, las americanas, las rusas o las cubanas, hay donde elegir.

Pero a esta fiesta no todo el mundo está invitado. En el sentido literal del término porque se pueden quedar fuera a países , de economías débiles , esos que se llaman países en desarrollo cuando se utiliza el lenguaje políticamente correcto,  que están en mala posición para acceder a las vacunas, como para cualquier cosa.

Y ese sí que sería, aparte de una manifestación penosa de la insolidaridad humana, un error insuperable porque  como se ha repetido hasta la saciedad aunque con poca coherencia, este planeta no ganará la batalla al virus, si no son todos los países, más o menos al unísono, los que crean las barreras necesarias para conseguir su desaparición. Si no son todas las personas, las que salen adelante, sin dejar a nadie atrás.

CON CARIÑO, A LOS PADRES

Poco se habla de los padres, que tantos hay como madres , pero  en el Día del Padre procede  una mención cariñosa, y enormemente agradecida a tantos hombres que hacen un esfuerzo considerable por romper modelos caducos y obsoletos para ejercer una paternidad responsable, cooperativa, integradora y completamente ajena a la figura paterna tradicional.

Ha llovido mucho, pero es fácil recordar esa figura paterna, perfectamente acotada,  cuyo amor a su descendencia, en la mayoría de los casos,  está fuera de toda duda al igual que el afecto incondicional que les profesaron sus hijos e hijas  a pesar de ser personajes permanentemente ausentes y cuasi desconocidos, a los que era difícil dar cariño y todavía más recibirlo, porque emociones y sentimientos no tenían demasiado margen de expresión.

Ocupaban su papel como  “pater familias”, con gusto o a disgusto pero sin opciones, desempeñando una posición de autoridad indiscutible en la familia, como proveedor y garante en exclusiva de la supervivencia de todos y cada uno de sus miembros, desde las criaturas a la señora de la casa, todas ellas ocupantes de una  posición subordinada y dependiente.

Son ya de otra generación -abuelos y bisabuelos incluso- aquellos  cuasi desconocidos que, ciertamente, echaban más horas fuera que dentro del hogar , absolutamente exentos de cualquier tipo de colaboración en el ámbito doméstico, encargados de hacer justicia sin contemplaciones, desconocedores de sus hijos y de sus rutinas, absorbidos por su función suministradora que les descargaba pero también les privaba, de las alegrías de la paternidad.

Hoy ese modelo es un anacronismo. La mayoría de los padres de hoy en día,  cambian pañales y dan biberones a cuatro manos, ponen lavadoras y tienden la ropa al sol sin ningún tipo de vergüenza como pasaba hace unas décadas. Siguen siendo esenciales para la economía familiar, pero tanto como sus parejas, si éstas consiguen abrir brecha en un mercado laboral que siempre se lo pone difícil. Hoy los núcleos de convivencia familiar ya no son jerárquicos, sino que se impone el trabajo en el equipo, las decisiones conjuntas, el cuidado y el apoyo mutuo.

Sería demasiado optimista afirmar que en todos los casos y circunstancias el reparto es al 50 %, que la distribución de  tareas es por completo equitativa, pero la tendencia impone una reformulación de los roles familiares que fomenta una paternidad corresponsable, en la que los hombres manifiestan y reciben el afecto de su descendencia, comparten emociones y sentimientos, conocen y se dan a conocer como seres humanos ante sus hijos e hijas y disfrutan y padecen de todo aquello que la convivencia comporta.

Es un enorme avance para la sociedad en su conjunto, para las mujeres en general, y para los hombres en concreto.  En nuestro país hemos conseguido una de las mejores políticas públicas en corresponsabilidad, que es equiparar los permisos de paternidad y maternidad, aunque se  siguen requiriendo iniciativas políticas y sociales que favorezcan que los hombres se acojan a excedencias y otras medidas de conciliación.

Para las mujeres, el abandono de estereotipos es la garantía de poder disfrutar de maternidades en pareja , enriquecedoras pero no agotadoras, de poder luchar por proyectos propios de vida y  aspirar a relaciones personales basadas en el respeto mutuo y la colaboración .

Finalmente, para los hombres, la paternidad corresponsable es un enorme regalo porque impide que sean convidados de piedra en su propia casa, seres desconocidos amados, pero también temidos desde la distancia y la ignorancia. Son así  referentes cercanos, modelos de comportamiento, objeto del cariño y ternura de aquellos a quienes dan la vida y cuyo amor necesitan y aprecian tanto como cualquiera.

SABEMOS LO QUE HAY QUE HACER

Nadie nos ha de decir a las mujeres lo que debemos hacer. Aunque algunos no lo tengan claro, somos personas adultas que formamos parte de una especie pensante, hecho incuestionable a pesar de alguno de sus individuos. Pero hay una enorme afición, una pretensión universal de decirnos a las mujeres, en diversas situaciones, y sin previa petición, lo que nos conviene, lo que está o no a nuestro alcance. A señalarnos nuestras limitaciones, a advertirnos de ciertas líneas rojas, por si acaso nosotras no hubiéramos sido capaces de detectarlas.

A nosotras, que damos vida, que defendemos la vida, que hemos luchado contra la enfermedad y la muerte, en primera línea en las más adversas circunstancias, nadie nos ha de decir lo valiosa que es y la importancia de defenderla. No es admisible que ante decisiones que estamos más que capacitadas para tomar, aparezcan miles de voces sentenciando, criticando , cuestionando sin darnos siquiera tiempo a equivocarnos. Cosa que, por otra parte, no pasa tan a menudo como algunos pretenden.

Toda esa tutela ya nos tiene demasiado hartas y con escasa paciencia. Quizás suene a soberbia o prepotencia, pero solo es el legítimo sentimiento que albergan muchísimas mujeres que se sienten muy capaces de tomar sus propias decisiones, consiguiendo además que sean las más acertadas.

En los prolegómenos de un 8 de Marzo, que antes de suceder ya despierta críticas, nadie nos ha de decir a las mujeres lo que debemos hacer. Sobran las recomendaciones sobre cómo debemos actuar para que ese día, jornada de reivindicación y  día festivo también, se desarrolle de la forma conveniente para no renunciar a nada, y desde luego, en ningún caso, a nuestra propia salud.

Hay muchas maneras de ser protagonistas, casi tantas como formas de robarlo, y este 8 de Marzo, desde el movimiento de mujeres se van a  utilizar casi todas. Los vídeos inundan las redes, los encuentros divulgativos, las imágenes, los textos de opinión se multiplican porque ese día la lucha feminista ha de brillar. Se va a bailar, a cantar en coro, a recitar poesía…Habrá performances llenas de creatividad y de fuerza…Igualmente en muchas localidades  se llenarán las calles de simbología feminista, de ese violeta tan explosivo como constructor de vida que es su seña de identidad.  Va a haber caravanas de coches que ocupen las calzadas lanzando un mensaje  inequívoco que visualice a las mujeres y sus derechos…y también va a haber concentraciones. Convocadas con todas las garantías sanitarias, de aforo limitado, descentralizadas, en las que la participación se someterá ineludiblemente a unas reglas que nadie nos tiene que imponer porque todas sabemos respetar.

Vamos a ser mucho más responsables y respetuosas que los organizadores de otras concentraciones mucho menos cuestionadas, desde los antivacunas a los detractores de la ley Celaa, desde los neonazis a los negacionistas del  barrio de Salamanca. Pero vamos a ocupar a la calle, el espacio, a impregnar el aire que respiramos e invadir el sonido ambiental, para que todo ello hable de igualdad y proclame que es el  Dia Internacional  de las Mujeres, orgullosas de serlo, nacidas para vivir libres y con todos los derechos.

LA MOCIÓN DEL AYUNTAMIENTO

El Ayuntamiento de Xàtiva, dispuesto a hacer los deberes cuando toca, se reúne  este sábado para aprobar la moción correspondiente al 8 de Marzo, Día de las Mujeres.

 Las mociones, como todo el mundo sabe, son mensajes que las instituciones lanzan al mundo  para manifestar su adhesión a causas o su rechazo a realidades que  intentan erradicar. Su operatividad es escasa, para qué vamos a engañarnos, pero su valor radica en el compromiso que explicita ante la sociedad, marcando una identidad que debería determinar las líneas de acción posteriores. Mucho peor sin duda, eran los tiempos en los que  conmemoraciones, hoy muy señaladas en el calendario, obtenían  respuesta cero, es decir, la total indiferencia como manifestación evidente del  peor de los desprecios.

Por eso , al trasladarse la propuesta de moción al Consell de les Dones, para recabar su opinión como está previsto dentro de sus competencias,  se propuso la adición de  un par de líneas, poca cosa, pero importantes para  convertir la palabra en acción, el mensaje en hecho, el compromiso en realidad.

“Asimismo renovamos nuestro compromiso con la Xàtiva Violeta y todas las acciones suscritas para conseguir una ciudad igualitaria donde las mujeres vivirán con dignidad e igualdad de derechos”,  fue el párrafo sugerido.

La Xàtiva violeta es un conjunto de acciones  concretas, por las que se comprometieron a trabajar los gobernantes de la ciudad elegidos en 2015 y también en  2019 . Algunas de ellas se han cumplido, en otras se ha avanzado pero sin rematar, y otras permanecen en el más cruel de los olvidos.

Es una realidad la existencia hoy en Xàtiva de una Casa de les Dones, dotada de presupuesto y un plan de gestión que aprueba el Consell de les Dones. Parece que está cerca, pero manteniéndose en el limbo de los anuncios repetidos e incumplidos, el Punto de Encuentro Familiar, recurso imprescindible para evitar situaciones difíciles relacionadas con menores, cuya apertura se lleva anunciando desde hace lustros pero que no acaba de hacerse realidad.

Y luego quedan , negro sobre blanco, más de una docena de acciones que siguen siendo palabras en un papel. Algunas se reiteran periódicamente sin encontrar respuesta,  como ese informe que debería acompañar a los Presupuestos municipales para certificar que no hay discriminación entre mujeres y hombres  a la hora de utilizar los fondos. Informe que, por otra parte, es  de existencia obligatoria por imperativo legal . Tampoco existe un Plan local para luchar contra la violencia machista ni grupo especializado en esta materia  en la Policía Local , ambas carencias que no se corresponden con las rotundas declaraciones que condenan sin fisuras las agresiones machistas.

Pero en las actuales circunstancias, el incumplimiento que  resulta especialmente doloroso  es la inexistencia de análisis que valoren el  impacto de las ayudas y subvenciones impulsadas ante las urgencias de la pandemia sobre más de la mitad de la población que son las mujeres. Demuestra una desalentadora  falta  de interés que no se haga o no se conozca la evaluación de las diferentes líneas de ayudas y subvenciones que el Ayuntamiento ha promovido. No se conocen porcentajes por sexo.   No hay información sobre el número de mujeres y hombres  beneficiarios de los numerosos planes de Empleo promovidos.

Y ese dato no es en absoluto trivial, ni anecdótico sino que permitiría certificar que en esta ciudad mujeres y hombres son atendidos y protegidos de igual manera sin que nadie, por su sexo, reciba más atención o disponga de menos ayudas. Esa es la idea matriz de la moción, el principio de igualdad que salimos  a pelear en la calle  el 8 de Marzo.

MUJERES Y CIENCIA

La pandemia ha supuesto una oportunidad de oro para valorar en su justa medida el valor de la ciencia y la investigación. Ese ámbito que parecía algo ornamental, futurista y concitaba pocas pasiones a pesar de ser necesidad básica de una sociedad con futuro. Porque es la ciencia y no otra cosa, lo que ha posibilitado , y lo sigue haciendo, la existencia de las vacunas que son las mejores herramientas contra el virus a  día de hoy. Su aparición supuso que  laboratorios y hospitales de todo el mundo se pusieran a trabajar exclusivamente en la COVID aparcando proyectos en marcha, lo que también va a tener consecuencias.

De hecho el esfuerzo ha sido descomunal, hasta el punto de que la propia comunidad científica se maravilla por haber obtenido en 11 meses   resultados en algunas disciplinas que antes necesitaban una media de 10 años para ver la luz. Todo ello no por casualidad, sino porque cuando la necesidad aprieta se producen las condiciones necesarias como la inversión económica y la colaboración  de Gobiernos, compañías y  organismos .

Lo que  no ha cambiado demasiado  es la situación de las mujeres científicas,   que existir,  existen, ahora y siempre, aunque  sea difícil  para el común de los mortales dar un solo nombre más allá de la Curie . Resultado de una realidad  injusta que ha hecho de  la ciencia y la investigación espacios no aptos para las mujeres.

La bata blanca a la que aspiraban las niñas casi siempre estaba relacionada con tareas de cuidado en función de roles estereotipados de difícil erradicación.  A ello se suman los techos de cristal y los suelos pegajosos, es decir, las dificultades que las científicas tienen para compatibilizar la investigación con su vida personal y familiar. De hecho , en estos tiempos de confinamiento y teletrabajo la producción científica de las mujeres ha disminuido ostensiblemente, mientras que la de los hombres se ha incrementado. 

Pero es que además el reconocimiento y valoración del trabajo realizado por las mujeres científicos tampoco es fácil de obtener lo que ha dado lugar a la campaña llamada #NomoreMatildas originada por  la activista Matilda Joslyn Gage que ya  en 1870 denunció las dificultades de las científicas para ver reconocido su trabajo. La mayoría  solo firmaba sus descubrimientos con el nombre de un compañero de laboratorio, mientras  veían como sus méritos eran merecedores de un Premio Nobel que siempre recaían en hombres.

Este fenómeno social, conocido como “efecto Matilda”, ha hecho que sistemáticamente los méritos de las mujeres se hayan silenciado o visibilizado tras el rostro de un hombre, lo que no solo perjudica a las científicas, sino que tiene un efecto perverso sobre las niñas que crecen sin referentes femeninos en los libros de texto, de historia o en los medios de comunicación.

Por ello sería interesante que cuando hablemos a los niños y niñas sobre la vacuna del coronavirus y el mundo de la ciencia perciban la existencia de las  mujeres científicas. Quizás podríamos memorizar el nombre de algunas como Jane Goodall,  Augusta Ada Byron, Rosalind Franklin,  Ada Lovelace, Rita Levi-Montalcini, Hedy Lamarr, Vera Rubin, Valentina Tereshkova, Josefina Castellví, Sara Borrell, Margarita Salas, María Blasco, Rosa Menéndez, Marta Macho, Paloma Domingo, Alicia Calderón Tazón, Elena García Armada y tantas otras

Por ello, hay que celebrar las iniciativas que persiguen atraer a un mayor número de mujeres a la ciencia, visibilizando  el trabajo que han desarrollado en este ámbito, y fomentando el interés de las niñas por las áreas tecnológicas, las matemáticas o las ingenierías. Ese sería un buen balance del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la ciencia.

SOBRE ESPERAS QUE DESESPERAN

Hay dulces esperas que dicen personajes cursis,   fans de los embarazos que seguramente nunca vivieron. Esperas aburridas en salas claustrofóbicas e impersonales. Esperas desesperadas de uñas comidas y malestar intestinal. Algunas duran mucho, toda una vida. Otras se resuelven rápido,  sin darnos tiempo a prepararnos para el resultado.

En todo caso, estar esperando implica por definición una actitud de pasividad, de inactividad . Lo cual no quiere decir que no pase nada, sino que al no pasar lo que más nos interesa, todo lo demás pierde interés.

 Si las noticias esperadas son importantes, casi se podría decir que vitales, la espera se vuelve roja , el color del miedo. O negra, el color del pesimismo o gris, cuando la espera agota y ya casi nos da igual el resultado. A veces , si la espera acaba con una buena nueva, se abre una etapa en un blanco prometedor donde todo está por escribir.

Alguien nos tendría que haber enseñado a afrontar esperas trascendentales, que al terminar nos mostraran la vida  como un negro túnel o como un horizonte abierto y sin límites. Nos enseñan cosas mucho más ridículas, como  decir gracias o por favor, llevar paraguas cuando llueve, cruzar las piernas o  no utilizar lenguaje soez, pero nadie nos enseña a esperar.

 Y tiene su técnica porque no es fácil dominar el tiempo y las horas cuando transcurren tan despacio que parece que haya una huelga general de relojes.  Ni es sencillo controlar la maraña incontrolable de pensamientos, algunos tan estúpidos como sinceros. Ni someter nuestras emociones al férreo control que necesitan para que no se disparen como torpedos  autodestructivos .

Sería de agradecer haber contado con ayuda, en algún momento de la vida, para aprender la técnica de la espera y el cultivo de la esperanza para afrontarla con éxito y no salir con más daños de los obligados. En resumen, según últimos descubrimientos, eso significa no perder el control de nuestra alegría, la fe en ciertos valores, el amor a nuestra gente, cosillas en fin,  que ningún  resultado, por indeseado que sea, debe ser capaz de arruinar.

APARCA COMO PUEDAS

No se sabe quien tiene la culpa . A estas horas, después de tanta espera, tanta explicación, comentario, promesa y aclaración en relación al parking del Hospital Lluis Alcanyis, ya es difícil deshacer la madeja y decidir quien tiene la culpa, o por lo menos,  más culpa que los demás .

Pero lo que es cierto es que el parking del Hospital que tiene asignada una población que se acerca a las 200.000 personas, sigue siendo una necesidad imperiosa, urgente, casi  sangrante para la ciudadanía de Xàtiva  porque el actual con  sus 800 plazas solo cubre un porcentaje ridículo de las necesidades reales de quienes visitan el  Hospital y han de añadir en muchos casos, un factor de crispación y malestar a situaciones ya de por sí estresantes y angustiosas.

Dado el flujo de vehículos que ha de atender todos los días, el problema no es que el aparcamiento sufra  eventualmente un colapso. El hecho es que está a reventar la mayoría de los días y a todas horas, convirtiéndose en un foco de tensiones, fuente de problemas, origen de situaciones de riesgo que añaden un plus de conflicto a la visita al Hospital totalmente innecesario.

Xàtiva ampliará el aparcamiento del hospital a partir de Junio tras cerrar la compra del suelo, se publicó en Enero de 2019 y la declaración causó muchos suspiros, entre el escepticismo y la satisfacción. Lo cierto es que el Ayuntamiento adquirió, vía subvención de la Diputación, los terrenos necesarios para ponerlos a disposición de la Consellería que es quien tiene la competencia para realizar la obra. Pero, ahora, vistos los Presupuestos para este año de la Generalitat Valenciana, por razones que seguro que existirán pero nunca conoceremos, no aparece presupuesto alguno para su construcción. Y si ya es complicado que se ejecuten los proyectos que cuentan con  presupuesto asignado, tal hazaña es completamente imposible  sin la existencia de partidas presupuestarias.

Se pueden dar explicaciones, otra vez, de lo sucedido para ignorar esta demanda perenne de la ciudadanía. Pero en todo caso, no hay justificaciones posibles para que, siendo incluso promesa invariable en los programas electorales de derechas e izquierdas,  no se priorice su realización.

Es cierto que conseguir mover  a una Administración pública es como empujar a un elefante obeso excesivamente miedoso a la hora de mover sus patas. Pero si, además, son dos Administraciones,  Ayuntamiento y  Consellería,  las que han de ponerse de acuerdo para trabajar de común acuerdo en la misma dirección, la tarea ya es heroica. Y es innegable -capítulo de justificaciones- que se está luchando contra una pandemia que absorbe, como corresponde, gran parte de las energías públicas y privadas. Pero intentando precisamente facilitar la vida de la gente, habría que empeñarse en dar solución a aquellos problemas cotidianos que la política, la buena política puede resolver.

Porque mientras se suceden las explicaciones, las disputas políticas, la utilización legítima o no, de la inacción ajena olvidando la propia, lo cierto es que pagan el pato los de siempre, la ciudadanía que padece, que se desespera para aparcar el coche al ir al Hospital, cuando quizás ya anda bastante desesperada.

El propio concejal de Obras no ha descartado, en declaraciones públicas, que sea el Ayuntamiento quien tenga, finalmente, que realizar la obra. Y  abre así  una posibilidad que se agradece frente  a la respuesta habitual,  basada  en la espera resignada de una  intervención de la Generalitat cada vez más improbable y que implica esperar unas cuantas décadas más pasándose la pelota y dando explicaciones pobres e inútiles que no hacen falta. Lo que hace falta es un aparcamiento en el Hospital.

GRACIAS AL 2020…

Necesitamos un año nuevo con toda urgencia. Nos hace más falta que la baba al caracol o un buen abogado al emérito. De alguna forma, parece que hay quien confía en que al sonar las campanadas todo va a quedar atrás y vamos a traspasar una mágica línea que nos colocará en un paisaje nuevo y prometedor, libre de mascarillas y de gel hidroalcohólico. Y eso tampoco va a pasar.

Lo cierto es que nos morimos por despedir el 2020, por darle carpetazo, por olvidarlo como si nunca hubiera existido. La tendencia es sepultarlo con la mayor rapidez y eficacia en el hoyo de las cosas que nos hicieron daño y que no queremos recordar. Y, con las prisas, no advertimos que eliminar todo lo sucedido en los últimos 365 días de nuestra memoria histórica sería un grave error.

No se puede olvidar a la gente mayor que falleció afrontando la despedida desde la soledad más absoluta. O a las mujeres y hombres, llenos de proyectos y de vida por vivir, que la perdieron ante un virus que desafió nuestra soberbia y se aprovechó de nuestra ignorancia. Borrarlos de nuestra memoria es inaceptable.

Tampoco merecen ser obviadas las personas que demostraron una profesionalidad, una generosidad y un coraje incuestionable atendiendo sus responsabilidades, ya fueran grandes o modestas. Arrebatar el protagonismo histórico que se ganaron a pulso no sólo el personal sanitario, sino las limpiadoras, cajeras o transportistas sería una grave injusticia que no podemos permitir.

No sería inteligente despreciar a quienes de forma anónima y altruista, manifestaron una solidaridad totalmente ajena a la caridad, que se volcó en ayudar a quienes no podían superar en soledad, las inmensas dificultades creadas para subsistir. Funcionaron las redes, se superaron prejuicios y reticencias, y mucha gente arrimó el hombro desde la conciencia plena de que nadie podía quedar atrás.

En conjunto, es cierto que ha sido un año lleno de miedos e incertidumbres, nada fácil para nuestra supervivencia y nuestra salud mental. Por eso, lo despedimos sin demasiados aspavientos, que no tenemos el cuerpo para muchos fandangos, y volcamos todas nuestras expectativas en el 2021. Aunque nuestra mayor ambición, sin embargo, no debería ser dar un salto mortal hacia atrás para recuperar la inestable situación de ignorante satisfacción en la que vivíamos.

Nos iría mucho mejor si el deseo universalmente compartido, además de no atragantarnos con las uvas, no fuera aumentar la cuenta bancaria, hacer el amor como conejos, ni siquiera conservar la salud propia y de los nuestros. Significaría un progreso considerable que hubiéramos aprendido que todo ello depende, como ha quedado demostrado, de nuestra capacidad de reformular nuestro sistema de vida, de redefinir nuestros hábitos y costumbres, nuestra forma de relacionarnos, para no ser vulnerables ante un diminuto y asqueroso bicho que destroza nuestra cómoda existencia, con irritante y dolorosa facilidad. Porque puede, y seguirá haciéndolo, mientras la estupidez guíe nuestras existencias y vivamos de espaldas a los demás, en una sociedad que prima lo individual sobre lo colectivo, lo privado sobre lo público, que tolera desigualdades y discriminaciones mientras las sufran otros. Una sociedad que ignora el grito de un planeta que estamos destruyendo con prisas y sin pausas, que se empeña en imponer vidas de miseria a quienes viven al otro lado de líneas imaginarias que llamamos fronteras. Que sacraliza la codicia y la violencia y escoge como modelos no a las personas más sabias, más generosas o solidarias, sino a quienes ejercen el poder desde la coacción, el engaño o la hipocresía.

Si hemos aprendido esto en 2020, ni el coronavirus, ni lo que venga después nos vencerá.

LA PALABRA DEL AÑO

Si antaño el día 7 era el día del inicio de las rebajas, este año puede que también lo sea, si bien puede que se apliquen otro tipo de recortes y no precisamente en el precio de abrigos y pantalones. Quizás las rebajas vengan referidas a nuestras posibilidades de movernos libremente sin más limitación que el presupuesto y el tiempo libre que cada cual tenga. O se rebaje considerablemente la posibilidad de relacionarnos con personas amigas, y enemigas si hace falta, y no precisamente desde las frías pantallas sino con el cuerpo a cuerpo, cálido y amistoso, mucho más gratificante y enriquecedor que el trato con esos bustos parlantes, congelados y estáticos que nos hacen parecer estatuas de sal. Quizás las rebajas de este año 2021 que, por mucho que pretendamos ignorarlo, no es más que una continuación del anterior, nos impongan normas que no queremos y reduzcan nuestras posibilidades de elegir horarios, mantener contactos sociales y conservar hábitos y costumbres de los que no rendíamos cuenta a nadie.

La palabra elegida para definir el año finiquitado fue según la RAE, confinamiento. Con ella se describe una experiencia que nunca creímos que viviríamos, como sucedió con el ataque de las Torres Gemelas que dejó una impronta en el imaginario colectivo difícil de superar. De este suceso se hicieron tantos relatos que al final se desdibuja su crueldad. La pandemia por el contrario, ya fue protagonista  de diversas películas que adelantaban catástrofes biológicas. Pero en todo caso, nunca sirvieron de aviso a navegantes, porque no supusieron mas que un relato de ficción, imaginativo y algo inquietante, ideal para pasar una tarde emocionante y volver luego a la apacible normalidad conocida.

Pero el confinamiento y sus causas, sobre todo la amenaza viral que lo provocó, ha tenido un impacto mucho más personal, mucho más cercano y a la vez universal, extendido por todo el planeta, sin distinción. Y nos ha cambiado a todas. O debería haberlo hecho. Y no en el discurso, sino en la acción.

Quizás la palabra clave hubiera debido ser otra que en lugar de definir el problema, indicara la solución. Por ejemplo, resiliencia. Que es según la RAE “ la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos” Dicho con más glamour o sentimiento, también se la puede definir como “la capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida , transformar el dolor en fuerza motora para superarse y salir fortalecido de ellas”.

No es un término filosófico, sino muy pragmático y sobre todo lleno de sentido común y generador de confianza en el futuro. Cuando un barco naufraga siempre surgen los que continúan haciendo lo mismo y acaban hundiéndose con el barco, véase la orquesta del Titanic. Pero también están quienes reaccionan para evitar un final anunciado al que no se resignan. Ahí están los relatos de resistencia y dignidad de las víctimas del Holocausto, por ejemplo. Todo depende de la posición en que nos coloquemos ante esa adversidad que es sin duda amenaza y fuente de dolor pero de la que podremos salir fortalecidos y llenos de confianza en nuestras inmensas posibilidades de supervivencia.

Es un manera de afrontar el fin del  obligado paréntesis del calendario que acabamos de vivir al quedarnos solos nuevamente ante tantas incertidumbres, superar el  susto existencial que nos causa haber perdido el control de nuestras vidas, o quizás, haber comprendido que no lo hemos tenido nunca.