10 EUROS Y RECORTES DE REVISTAS

Ha sido noticia recientemente la condena definitiva a tres años y medio de una pareja que aunque residente en otra población obligaba a una mujer a lo que denominan prostitución coactiva, actividad  que realizaba en un polígono industrial de Xàtiva.

La trajeron con engaños desde su país, le arrebataron cualquier posesión material y le privaron de cualquier contacto con persona humana  exceptuando por supuesto, a sus clientes. Y de estos debía de haber muchos dada la extensa jornada de “trabajo” impuesta a su “empleada” a la que durante dos años depositaban a las 10 de cada mañana en mitad de la huerta, para que durante 9 horas atendiera el negocio y consiguiera pingues beneficios. De hecho la pareja de proxenetas, que no tienen ocupación conocida,  han manejado considerables cantidades de dinero e incluso han comprado, al parecer, una casa en su país de origen.

Todo ello gracias a esa mujer, que no merece otro nombre que víctima y también, por supuesto, a los clientes. Es este un eufemismo amable  para denominar a los hombres, de todas las edades, de todas las clases sociales, de profesiones y ocupaciones diversas, que acudían en número considerable (uno de cada cuatro hombres en este país utiliza de forma habitual estos servicios).Eufemismo hipócrita porque se ha de ser muy poco hombre para pagar por tener relaciones sexuales con alguien que evidentemente lo hace de manera forzada, obligada por la violencia, el afán de subsistencia y la completa soledad.  Inmoralidad llevada al sumum, porque se ha de tener bien encallecida la conciencia,  para mirar las caras de  las  mujeres que se estiman y no entender el dolor y humillación que causan a la que pagan en el polígono.

Si no hubiera demanda, no habría oferta, dicen las abolicionistas. Y tienen toda la razón del mundo porque si no hubiera quien comprara cuerpos ajenos como quien compra carne animal, nadie se vería en el dilema de venderlos como forma de supervivencia, ni nadie podría enriquecerse mediante la explotación ajena. Son los usuarios del servicio quienes deberían estar en el foco de la condena pública y ser objeto de sanción disuasoria, porque son ellos los que dan origen al pingüe negocio, que no es el oficio más viejo del mundo,  sino la forma de explotación más antigüa que se conoce.

En Xàtiva no hay datos, y solo una negación absoluta y discutible sobre la existencia de este mercado infrahumano que en Valencia implica la existencia de 164 clubs y más de 17.000 pisos. No hay datos, pero noticias como esta salpican de vez en cuando los titulares de la actualidad local, lo que induce a pensar que quizás es un tema pringoso y desagradable que algunos piensan que es  mejor no mirar de frente. Otras localidades como Albal, sí lo hacen aprobando una ordenanza que multa a los puteros por demandar sexo pagado en el término municipal. Si lo hacen, será porque quieren y porque pueden, es la conclusión lógica, siendo un ejemplo a imitar.

Y no es medida en absoluta desacertada si se quiere poner palos en la rueda del Cadillac en el  que pasean los “empresarios” del sector. Para que su negocio muera de inanición, hay que desalentar a los usuarios por la vía de la pedagogía y también por la vía de la sanción, efectiva y contundente. Todo ello acompañado es evidente, de las medidas necesarias  para que ellas, las que venden lo único que tienen que son sus cuerpos, abandonen las celdas solitarias en las que las obligan a vivir, teniendo como únicas posesiones materiales algunos recortes de fotografías de animales y 10 euros.

TIEMPO LOCO

En la cola de la frutería, un señor intentaba apasionadamente convencer a la clientela de que era normal y habitual que lloviera durante 20 días seguidos,  a pesar de que la mayoría del personal en absoluto acostumbrada a andar con  botas de agua, paraguas e impermeable, sienta ya la tentación de buscarse un Arca de Noe donde ponerse a resguardo. Hablaba del refranero ( en Abril, aguas mil…) de lo bueno que era para el campo ( aunque no parece haber unanimidad sobre ello..)… rememoraba nostálgico otras primaveras también muy lluviosas….en fin, que el hombre se esforzaba para normalizar el fenómeno, con poco éxito porque  lo cierto es que no tenía ninguna razón.

Hay cosas, sucesos, acontecimientos que no son normales, no son habituales, no son frecuentes y que no se prestan a  falsificar la verdad , a adaptarla a nuestro punto de vista , a nuestra manera de pensar a base de martillazos hasta que todo encaje.

Que llueva tanto no se debe sólo a que el tiempo este loco, que es un recurso muy común de conversación de ascensor, pero poco más. El tiempo está loco, sí, , y por eso a veces atravesamos épocas de sequías donde a los pantanos se les ven las vergüenzas porque se quedan casi vacíos  a los que siguen diluvios universales como este que estamos viviendo que dificulta enormemente la vida, genera problemas mentales poco asumidos pero evidentes, causa problemas de movilidad cortando carreteras y caminos y , sobre todo , origina enormes pérdidas a un sector tan castigado y prioritario como es el campo. Como el tiempo está loco han desaparecido las primaveras y los otoños y nos hemos acostumbrado a pasar del frío, tampoco demasiado exagerado, a días de enorme y bochornoso calor. Por eso la nieve se ha convertido en un bien escaso y en las estaciones de esquí la han de fabricar como quien fabrica algodón de azúcar. 

Pero la terrible cuestión que subyace es que el tiempo no está loco sino que lo hemos vuelto loco nosotros, la insensata Humanidad a pesar de avisos y amenazas que ya vienen de lejos pero que por un oído entran y por otro salen, como si no hubiera nada en medio.  Los viene haciendo la comunidad científica con argumentos que no deberían ser objeto de discusión,  sin conseguir que asumamos que el planeta y sus recursos son finitos, aunque nuestra estupidez y capacidad destructora sea infinita. Y ninguno hacemos lo que debemos. Ni a gran escala, ni a pequeña, no nos engañemos.

Los Gobiernos siguen aprobando directrices que ellos mismos incumplen sistemáticamente y el daño sigue produciéndose de forma inexorable desde el desprecio más o menos explícito a las políticas de sostenibilidad. En el papel se siguen proponiendo medidas y en los discursos abundan las buenas intenciones, pero en la práctica nadie pone freno a las grandes empresas que contaminan impunemente, que explotan recursos naturales sin ningún miramiento a lo que dejan atrás. Incluso hay políticos, cuya acción de gobierno si algún día llegaran a gobernar sería catastrófica, que afirman desde la más completa ignorancia y la mas estúpida soberbia que el cambio climático es una enorme mentira, una falacia, un espejismo. Que afirman con total descaro y desvergüenza que el calentamiento del planeta evitará que la gente muera de frío. Y que por ello votan en contra de las leyes que pretenden garantizar un planeta que podamos seguir habitando.

Pero existe  también una responsabilidad individual que no se puede negar. Empezando por la que nos obligaría a desmentir a quienes pueden aumentar el daño con sus mentiras. Continuando por incorporar a nuestros hábitos cotidianos las precauciones necesarias para contribuir al bien común. Desde evitar el uso innecesario del coche, hasta usar el transporte público pasando por reciclar correctamente o no hacer un uso abusivo de la climatización.  Desde consumir productos elaborados con respeto a la naturaleza hasta no participar en la orgía consumista que solo a algunos reporta beneficios.  Desde no usar bolsas de plástico que asfixian el medio ambiente hasta apagar luces, separar  la basura, usar bombillas de bajo consumo, evitar aparatos siempre enchufados, cerrar los grifos …No es una  lista de los boy scouts, es la descripción de la forma de actuar propia de personas inteligentes que quieren mantener vivo y en condiciones un lugar donde vivan las próximas generaciones.

EL GOL DE LA HOMOFOBIA

De la homofobia solo se habla el día que toca, cuando los arco iris proliferan y la mirada se centra en el gravísimo problema que tienen algunas personas que no pueden soportar que existan otras con determinadas orientación o identidad sexual. Hay que empezar a hablar con propiedad y resaltar que el conflicto no lo provocan quienes son víctimas de insultos y ataques, sino  los agresores, los que se creen con derecho a meterse en las camas ajenas a poner orden, siempre su orden, que no se sabe por qué orden divina, prima sobre los derechos y libertades del resto de la humanidad.

Hemos avanzado mucho desde aquella ley de peligrosidad social que consideraba vagos y maleantes a quienes se salían de la norma obligada. Desde aquella sociedad hipócrita y cobarde que veía vicio y perversión donde sólo había humanidad y deseo de ser feliz. Hoy somos ciertamente un país a la cabeza de derechos LGTBI y de integración de la diversidad. Hemos reformado leyes y aprobado otras para poner remedio a injusticias históricas, pero hacerlo es mucho más fácil que cambiar usos y costumbres, que erradicar prejuicios muy consolidados en la conciencia individual.

La homofobia es algo tan vergonzoso para una sociedad que se dice civilizada que es necesario reiterar la condena un día sí y otro también hasta conseguir que sus manifestaciones autodescalifiquen automáticamente a quien las manifieste. Hasta crear un sólido muro de rechazo frente a los brutales ataques homófobos producidos en los últimos meses, con violentas palizas indiscriminadas, término curioso por lo que da a entender de que las hay necesarias.

Es preocupante advertir que, aunque hay una gran mayoría social que ya superó efectivamente la mirada torcida y maliciosa, asumiendo con naturalidad y respeto la realidad sexual de cada cual, existe también una reacción violenta que busca la crispación y la exclusión, patrocinada ideológicamente por quienes presumen de su intención, si consiguieran los votos suficientes, de negar derechos que hoy en día parecen de imposible cuestionamiento. Parecen, aunque no lo son.

Quizás todo se deba a que la visibilización y normalización de la diversidad sexual, ocupando el espacio público al que tienen tanto derecho como cualquiera, escuece y altera a los sectores más retrógrados de la sociedad, convenientemente estimulados por quienes quieren llegar al poder para encerrarlos a todos en el armario del que, para ellos, nunca debieron salir. Muy parecido a lo que pasa contra el feminismo que nunca había estado tan presente y, como reacción, nunca tan atacado y distorsionado.

El futbol no está libre de la homofobia, como bien saben los árbitros en los partidos en los que la deportividad y el respeto brillan por su ausencia. También los futbolistas de distintas generaciones, desde Míchel hasta Guti pasando por Cristiano Ronaldo. Todos ellos han recibido insultos que   denotan la pervivencia del prejuicio sustentado en los vestuarios y en las gradas que exige a los jugadores una heterosexualidad militante e incuestionable para no romper la falsa imagen que asocia hombría y calidad deportiva. Demasiado poco se ha trabajado para facilitar la existencia de referentes no heterosexuales en el mundo del fútbol, en gran parte para no fastidiar el negocio acusando la presión de los patrocinadores.

Pero a nadie se le escapa la enorme repercusión social del futbol y su capacidad pedagógica y ejemplificadora. Por eso es necesario  impulsar en todos los campos , desde el Paquito Coloma que tan bien conocemos hasta el Santiago Bernabeu,  conductas siempre deportivas, con especial énfasis en el respeto que merecen los jugadores,  como modelo de conducta para niños y niñas que allí aprenden a ser adultos.

HUELE MAL

Esta semana se ha recordado una vez más, una realidad maloliente que, como no desaparece, se hace necesario repasar año tras año. Maloliente es lo que huele mal, y así se ha de percibir el hecho de que las mujeres con empleo remunerado de este país, en cómputo general, reciban salarios inferiores al de los hombres.

La diferencia salarial, no es un espejismo, ni un montaje demagógico que inventan algunas mujeres a las que les gusta sentirse víctimas. Es un hecho empírico que queda demostrado fehacientemente tras el análisis de los datos salariales provenientes de fuentes oficiales. Que establece, fuera de toda discusión, que, en 2019, las mujeres ganaron 5.252 euros menos al año que los hombres. CCOO traduce esta cantidad en una brecha del 24%, que es el porcentaje en el que se debería aumentar el salario anual de las mujeres para igualar al de los hombres.

El primer truco consiste en pagar de forma distinta empleos que en realidad tienen igual valor, si se consideraran las funciones desempeñadas. Hay que hilar fino para encontrar la diferencia entre las tareas de administración y secretaría que determinan que la  primera tenga retribución más alta que la segunda,  dándose la pasmosa casualidad de que los puestos de administrativos suelen ser ocupados por hombres mientras que el secretariado, tradicionalmente, es cosa de mujeres.

Otro elemento causante de que las nóminas de las mujeres sean, casi siempre y en general inferiores, es la falta de corresponsabilidad. Abordar la tarea de los cuidados casi en solitario, excepto honrosas excepciones, mengua significativamente la bolsa salarial de las mujeres. No solo en su presente, sino también en su futuro. Las jornadas parciales que casi monopolizan para poder atender todas sus obligaciones, no son nada rentables. Todas esas reducciones de jornada para atender a menores y dependientes, todas esas excedencias forzadas por circunstancias familiares conforman una vida laboral con grandes agujeros que derivan en pensiones inferiores por término medio, a las de los hombres que, ciertamente, tampoco son para echar cohetes.

Por último, hay un tercer mecanismo, origen de esta brecha que es casi precipicio, que son los complementos salariales, cantidades asignadas a cada trabajador o trabajadora que valoran aspectos determinados de su tarea. Es curioso que se retribuya la circunstancia de estar disponible a toda hora, de currar en festivos o de noche que son “méritos” asequibles para los hombres, quizás porque hay alguien que se queda con la familia durante su ausencia. Es intrigante la razón por la que complementos como la toxicidad se asigna sin discusión a operarios que manejan productos químicos, pero no a las trabajadoras de la limpieza que manejan un verdadero arsenal. Es difícil explicar porque se recompensa, muy justamente, con un plus el esfuerzo físico de quien levanta sacos de 50 Kg, pero no a las mujeres que movilizan a pulso y con cuidado a personas enfermas que superan ese peso.

El diagnóstico está hecho. Da igual tu ocupación o tu formación: si eres mujer, la brecha salarial te roba más de una hora de sueldo al día. Si eres mujer y vives en Valencia trabajas gratis desde el 15 de octubre.                            Si eres mujer trabajarás el doble para cobrar la mitad.

Falta el capítulo de soluciones que pasan por valorar con justicia cada puesto de trabajo, hacer una asignación justa de los complementos que correspondan y, sobre todo, por equilibrar y redistribuir la tarea de los cuidados entendiéndola como factor esencial y determinante de la economía de un país que no puede seguir recayendo abusivamente sobre las sobrecargadas espaldas de las mujeres. Ya toca empezar a hablar de eso.

MEMORIA HISTÓRICA

A veces, hay que vencer esa insidiosa tentación de encerrar bajo siete llaves cualquier recuerdo o mención a episodios tan insoportables como las políticas de exterminio vividas durante la Segunda Guerra Mundial. Para mucha gente, resultan tan increíblemente crueles y denotan tal anestesia moral y crueldad infinita que resulta imposible asimilarlas. Más teniendo en cuenta que más allá del ingente número de víctimas, hubo una considerable parte de la población que se sumó, no ya con su silencio sino incluso con su protagonismo activo al bando criminal. Esa innegable realidad, vista con los ojos de la memoria histórica, es especialmente inquietante por lo que demuestra de nuestra capacidad de enterrar de un plumazo nuestros valores en un pozo oscuro donde no molesten. Aunque de ello pudiera depender la supervivencia, dice muy poco de esa superioridad moral que decimos que nos identifica y nos hace superiores a los animales.

Se puede comprender que haya gente que nunca visitaría Auschwitz en un placentero viaje de turismo, ni un horno crematorio, ni la casa de Ana Frank. O que no leería jamás “El Pijama a rayas” por muy best seller que fuera, o vería a regañadientes “La vida es bella”, sólo porque la calidad cinematográfica del guion permitía soportar  el retortijón y la angustia hábilmente mezcladas  con el sentido del humor y la ternura. En todo caso, ninguna opción es cuestionable porque cada cual afronta sus miedos y congojas como puede.

De lo que nunca deberíamos prescindir, en todo caso, es del recuerdo como homenaje a las víctimas y como garantía del nunca más. Y sobre todo de lo que no deberíamos abdicar jamás es de denunciar, acusar, recriminar e inculpar siempre y en todo lugar a los personajes, y sobre todo a las ideologías que están en el origen de la matanza y la tortura de tantísimos millones de personas. No son admisibles los silencios cansados, la indiferencia desde la superioridad , el desprecio mudo que no se comparte. No caben aquí criterios de rendimiento político, de prioridades en función de intereses partidistas o personales. Es una obligación personal y colectiva negar el pan y la sal, cerrando todas las puertas a todas aquellas teorías, personas u organizaciones, que empiezan trivializando, siguen poniendo en duda y acaban por negar una historia que efectivamente la inmensa mayoría preferiría que no hubiera existido. Porque su objetivo no es otro que es recrear un escenario donde fueran más afortunados en el reparto de poder y  pudieran repetirse tales hazañas. Y eso tiene mucho peligro.

Por eso hace falta mucha pedagogía para la gente joven a la que resulta difícil percibir en el aburrido relato de los libros de historia , el pánico vivido en los campos de exterminio. Mucha persuasión para no olvidar que las urgencias sociales que hoy vivimos , nuestras preocupaciones cotidianas serían invalidadas si cambiaran las reglas básicas del juego de la convivencia que nos permite la supervivencia. Imprescindible fomentar el respeto y el entendimiento entre las personas, negando cualquier legitimidad al discurso del odio y huyendo del buenismo fatuo para construir con inteligencia una sociedad asentada en la justicia y la igualdad .

Hace falta un discurso permanente que no solo mire atrás, sino también al presente para identificar y extirpar todos los rebrotes envenenados que intentan renacer. Y convendría que fuera un discurso único y sin fisuras de todos los partidos democráticos sin ausencias ni desencuentros que deberían subordinarse a la relevancia del objetivo que se persigue.  Nos jugamos mucho ante un desafío, fruto del eterno conflicto entre el amor y el odio, que nos hace invencibles o nos condena a la autodestrucción.

EL TREN QUE NO LLEGA

La conjunción de las protestas ciudadanas, la difusión mediática y la intervención política son tres elementos en íntima interrelación, cuya acción conjunta suele conseguir reacciones de calado, aunque no siempre definitivas.

Esta vez han conseguido la visita de toda una Ministra de Transportes que visitó recientemente la Estación del Norte de Valencia e intentó dar respuesta a los graves problemas existentes en la Red de Cercanías. Lo intentó, aunque lo consiguió muy relativamente, quizás porque el problema no se arregla con unas cuantas contrataciones, ni sustituyendo trenes por autobuses, ni devolviendo el dinero de los viajes fallidos.

A la mayoría de las personas usuarias de este servicio público les sabe a poco, a poquísimo, que haya informadores a pie de vía que ilustren sobre los retrasos y cancelaciones de los trenes que te debían llevar puntualmente al trabajo o a casa, después de un día cansado. De lo que se trata es de que no haya nada que informar en ese sentido.

Dijo la ministra que en un par de semanas serán contratados ocho maquinistas. Aleluya, porque es, efectivamente, uno de los elementos esenciales para que el tren funcione. Pero son  pocos para una plantilla con demasiadas bajas, por otra parte previsibles, en razón a las jubilaciones previstas que  nadie se ocupó de cubrir. De los restantes elementos imprescindibles para el saneamiento integral de la red de cercanías, nada dijo. Nada sobre las inversiones estructurales que se precisan para mejorar la red ferroviaria, nada sobre la adquisición de nuevos equipamientos. Que se abaraten los precios, es de agradecer pero el malestar de las personas usuarias no se resuelve con rebajas económicas sino con medidas que garanticen que todos los  trenes  previstos  salgan y  lleguen a su hora.

Eso no pasará mientras que la Red de cercanías siga siendo tratada como la hermana pobre, merecedora de una raquítica inversión de 3600 millones para sus más de 500 millones de pasajeros en todo el Estado frente a la generosidad con las líneas de alta velocidad que siendo utilizadas por  cerca de 30 millones de pasajeros han recibido una inversión de casi 56.000 millones de euros, según la AIREF. Las cifras aburren, pero permiten entender de un vistazo dónde está el origen del problema.

A la Comunidad valenciana, de esa “lluvia” escasa de millones nos han tocado unos 700 millones, que son calderilla en un paquete macroeconómico destinado a hacer frente a un conflicto  social de tan enorme envergadura.

El problema no admite demora. Más de ocho millones de viajeros se han buscado la vida para sus traslados personales o laborales y es seguro que las forzosas soluciones adoptadas no colaboran a la sostenibilidad medioambiental. Pero lo han hecho, hartos de verse perjudicados por un servicio público que les ha hecho llegar tarde al trabajo, perder consultas médicas, retrasarse ante exámenes decisivos…. Problemas del día a día que exasperan y desesperan, añadidos a otros tantos con los que hay que lidiar inevitablemente y absorben toda nuestra capacidad de resistencia a la frustración que se vive en un andén plagado de gente  cabreada.

Las propuestas de la ministra han conseguido, por otra parte, la total coincidencia en la respuesta de partidos políticos y entidades ciudadanas que han salido en tromba, con argumentos más o menos interesantes o interesados, a contradecir a la Ministra del ramo.

Ella se habrá vuelto, seguro que en el AVE, a su despacho en el Ministerio, aunque es de esperar que se haya llevado la potente impresión de que esta gente de la Comunidad Valenciana no va a parar hasta conseguir el tren que les lleve a donde quieren ir.

LA DISCAPACIDAD QUE NO INCAPACITA

Mañana es el día de las personas con discapacidad funcional, un colectivo cuyo mayor problema no es su discapacidad, sino la forma en que la sociedad obstaculiza, por acción u omisión, su derecho   disfrutar de una vida digna y sin limitaciones. La discapacidad sustituye afortunadamente al término antaño utilizado,  de incapacidad, que de un solo manotazo relegaba a las personas con una realidad diferente a una condición de dependencia total, absolutamente excluyente de cualquier posibilidad de proyecto vital propio. Hoy en día, se impone, gracias a los propios interesados, a sus familias y asociaciones, el concepto de diversidad funcional del que se deriva la obligación de dar el apoyo social necesario a las personas que lo requieren para vivir una vida independiente, acorde con su proyecto de vida elegido.

Es un enfoque de agradecer porque, huyendo de cualquier tipo de paternalismo compasivo y vomitivo, se exige a la sociedad que, en coherencia con las premisas de equidad y justicia, ponga los medios para que nadie sufra exclusión por su forma de ser y estar en la vida. De lo que se trata es de impedir que la sociedad ponga límites, margine o reduzca de cualquier forma la capacidad de elección de las personas que viven y conviven con algún tipo de discapacidad.

Actualmente, las personas con discapacidad son la minoría más amplia que existe ya que en España son más de 3,8 millones de personas, lo que supone casi el 9% de la población. Es enormemente preocupante la afectación que sufren las criaturas, más de cien millones en todo el mundo, teniendo en cuenta que cuentan con cuatro veces más posibilidades de ser víctimas de algún tipo de violencia.

Su existencia es todo un reto para la sociedad que debe garantizarles las mismas oportunidades, eliminando cualquier trato empalagoso y sobreprotector que los infantilice y denigre. Las personas con diversidad funcional necesitan cariño como cualquiera y respeto como el que más. Sobre todo, necesitan de un pragmatismo absoluto a la hora de resolver los problemas que les impiden ejercer sus potencialidades y dar respuesta a sus necesidades. Entran ahí todas las cuestiones relacionadas con la accesibilidad universal que implica la eliminación de todo tipo de barreras (físicas, actitudinales…) para impedir que un bordillo demasiado alto, una puerta demasiado estrecha, la falta de ascensores o rampas o simplemente la falta de paciencia, dejen a la intemperie a la persona y su discapacidad.

Quizás, para entender de verdad que las personas con discapacidad son gente con capacidades diferentes que han de convivir con su limitación, igual que otras conviven con su diabetes, vendrían bien algunos ejemplos inefables que nos ha dejado el cine.

Vean ustedes, si no lo han hecho todavía, la película “Intocable”, versión algo edulcorada, todo hay que decirlo, de la vida de un millonario que queda tetrapléjico tras un accidente.  O sin ir más lejos, la oscarizada Forrest Gump, que no es más que la historia a veces trágica, a veces tan sorprendente y surrealista como la vida misma, de un personaje afectado de una evidente discapacidad intelectual que, sin embargo, es capaz de extraer sabiduría de una caja de bombones, aunque para muchos no es más que un retrasado mental, aborrecible término que habría que prohibir.

Somos estúpidamente miopes cuando no percibimos que cualquiera, en algún momento de su vida, puede experimentar una discapacidad temporal o permanente, generadora de nuevas necesidades que desearíamos que estuvieran perfectamente resueltas. Olvidamos con demasiada facilidad, las necesidades que ya tienen ahora las personas con discapacidad funcional. Mañana es su día de lucha y reivindicación. Deberían percibir que tienen todas las puertas están abiertas.

LEJANÍAS (5.10.2021)

Los llaman CERCANIAS, porque efectivamente son los más cercanos, los que más necesitamos, los que nos llevan a nuestros compromisos diarios, a estudiar o trabajar  en localidades cercanas . Nos llevan a las consultas médicas, a los trámites administrativos que no apetecen, pero son esenciales para nuestra vida.

Llevamos varios días en los que se han convertido en una pesadilla para miles de usuarios y usuarias que, si ya andaban bastante damnificados, han aprendido con esta experiencia que siempre se puede ir a peor.

La Red de Cercanías de la Comunidad Valenciana  ha perdido 10 millones de usuarios en la última década a cuenta de su mal servicio, del incumplimiento de sus horarios, de la incomodidad de sus trenes, de la escasez de personal, de la frecuencia inexplicable de sus averías. Un servicio que siendo público, sin búsqueda de beneficios, debería garantizar un acreditado  nivel de calidad . Y no se aprecia demasiada calidad viajando en trenes sobrecargados con demasiados años a cuesta, que circulan a velocidad de tortuga pasmada. No es nada satisfactorio que cada vez más maquinas atiendan a personas en la expedición de billetes, en la información de horarios e incidencias, cuyo funcionamiento defectuoso perjudica sin posibilidad de reclamación o queja.

Su deplorable situación no es fruto de la casualidad o del destino, sino de la ridícula inversión realizada en un servicio que es de uso preferente para miles de personas todos los días del año y que se decide  en despachos que ni están en Xàtiva, ni están en Valencia.

Es en Madrid  donde se decide cuánto y para qué se invierte en esta red, porque es suya la competencia y el poder que permite la toma de decisiones. Quizás eso explique porque se han invertido 98 euros por persona  en el AVE, que no un es tren utilizado por grandes multitudes todos los días, frente a los 0.0015 céntimos invertidos en la red de Cercanías.

Algunas de las reivindicaciones de los maquinistas, convocantes de la huelga, pueden ser compartidas en la medida en que contribuyen a la mejora del servicio. Siempre es conveniente ampliar y rejuvenecer la plantilla. Pero las huelgas son lo que son, medidas de presión necesarias, utilizadas por la  clase trabajadora  a lo largo de su historia para conquistar cada uno de sus derechos, porque ninguna ha sido regalo generoso de la patronal. Con todo, las huelgas tienen sus reglas, se someten a unas normas pactadas que de alguna manera “dosifican” el daño causado a la ciudadanía que casi siempre es la moneda de cambio que queda en medio de los intereses de las partes en conflicto.

Por eso, exige una cuota extra de solidaridad, paciencia y templanza soportar lo que no se sabe si es una huelga salvaje o asilvestrada como resultado de la gestión inepta de una empresa que no funciona ni en la normalidad, ni en la anormalidad.

Depender de un panel y de una voz robotizada para saber si llegarás al trabajo a la hora o si podrás volver a casa, es una experiencia sumamente desagradable. Oír como se anuncian cancelaciones que convierten los servicios mínimos en un espejismo, correr para pillar plaza a la desesperada en los pocos trenes que circulan o terminar haciendo un viaje infernal, notando en el cogote la respiración de una persona con la esperanza de que todo el vagón este correctamente vacunado contra el COVID genera una crispación e insolidaridad añadida que todos deberían intentar evitar.

Salvajes son las fieras de la selva, pero no deben serlo las huelgas, necesarias para adquirir derechos y mejorar un servicio público que tanta gente necesita.

LA CELEBRACIÓN DE LA MUERTE (1.11.2021)

La fiesta que se celebrará el próximo Lunes -Día de Todos los Santos la llama el calendario- se la inventó como es habitual, un Papa, Gregorio IV, que decidió festejar en tropel a todos los santos, conocidos o desconocidos, incluyendo a quienes alcanzaron el ansiado estatus de santidad tras una obligada temporada en el Purgatorio. Su loable objetivo era no olvidar a ninguno, puesto que, aunque canonizados hay cantidad,  existe además una inmensa cantidad de santos desconocidos (seguramente aquí se podrá incluir a las santas) que también merecían reconocimiento.

Otra cosa es la celebración del día siguiente, Día de los fieles difuntos, (rasgo éste de la fidelidad que no queda claro si excluye automáticamente a los infieles) en la que para ser protagonista ya no hay que ser santo y vivir la vida eterna. Aquí, se produce una curiosa mezcla entre la celebración religiosa compartida entre ortodoxos, anglicanos o católicos y las arraigadas tradiciones culturales de muchos países latinoamericanos. Las celebraciones religiosas se centran en orar por las almas de las personas difuntas para desearles suerte y pronta llegada al paraíso que sea, dando por hecho que muchas de ellas todavía estarán a mitad camino. Las otras celebraciones, vinculadas al culto a la muerte, de origen remoto y vinculadas a ritos paganos, resultan mucho más divertidas.

A ambas fechas y celebraciones, se une ahora el Halloween anglosajón, fruto de un marketing eficiente que fomenta la imitación sustentada en un papanatismo congénito. Es evidente nuestra afición a las fiestas propias y ajenas, pero parece cuestionable la adopción de costumbres foráneas por simple imitación bien teledirigida.  La fiesta de Halloween de origen irlandés se celebra el 31 de octubre por la noche e implica la aparición de calabazas, arañas y otros accesorios exóticos junto a juegos de palabras incomprensibles.

Aquí en España y en nuestra ciudad, más allá de la disquisición histórica y de la clarificación del calendario, el 1 de noviembre es el día en que florecen nuestros cementerios Y no es una metáfora. Lo que no son más que espacios de piedra que suelen estar en respetuoso silencio, se convierte ese día y los precedentes, en una explosión de colores, de olores, de floración natural o de plástico, que es difícil distinguir a veces. Ese día los patios silenciosos y las avenidas solitarias se llenan de conversaciones, de saludos, de presentaciones formales y de abrazos sentidos. A veces hay lágrimas, pero suele haber serenidad y resignación porque muchas de las despedidas ya están hechas. Es el momento de la reflexión existencial, del rescate de anécdotas nunca olvidadas y de compartir nostalgias rememorando rostros, tactos, olores y sonidos que reconstruyen a las personas que se fueron y que estimamos igual que cuando marcharon.

Hay personas, sin embargo, que no necesitan un día al año, ni un paseo al cementerio para recuperar a su gente desaparecida porque, aunque no ven cosas, sus muertos van con ellos, silenciosamente partícipes de sus vidas cotidianas, quizás haciéndose un poco pesados, pero reales y queridos como lo fueron cuando eran de carne y hueso y se les podía abrazar.

Hay grandes diferencias entre el culto a la muerte y la compañía de los muertos. Lo primero, tiene mucho de metafísico y misterioso, de oscuro y tenebroso, causando cierta desazón. Quienes viven tranquilamente su vida, acompañados de sus muertos privados, son discretos y no necesariamente gente triste. Lo hacen en silencio, de forma íntima y cotidiana. No rinden culto a nadie, pero los llevan sin ningún tipo de sentimiento trágico ni funerario en su corazón y en su recuerdo. Hasta que la muerte los vuelva a juntar.

APOSTANDO POR LA VIDA

Hay que tener el corazón de piedra y la mente en blanco para asumir  que más de medio centenar de mujeres perderán la vida en el próximo año sólo por ser mujeres o que la mitad de las mujeres con las que convives y a las que estimas, sufrirán en algún grado la violencia machista. Es lo que va a pasar, según advierten predicciones basadas en datos objetivos, mucho más precisas que las de Nostradamus.

Hay que carecer de alma para resignarse ante las agresiones sexuales que se producen en este país cada cuatro horas. O para sentirse indiferente ante el acoso sexual en el trabajo, que no es más que la manifestación de la violencia machista en horario laboral. Es lógico descomponerse frente a la inocencia de las criaturas, ante la posibilidad de que algunas acaben convirtiéndose en víctimas y otros en verdugos.

Todo ello encardinado en un entramado cultural que alienta la sumisión de las mujeres y la soberbia de los hombres, convirtiendo en normalidad lo que no es más que una terrible y sangrante injusticia.   

La proliferación de casos,  la saturación emocional, la asfixiante impotencia  consiguen incorporar cada vez a más gente al pelotón de los duros de corazón , de  los cortos de vista y sordos al sufrimiento que no quieren comprometer su existencia con causas que consideran o bien imaginarias o bien perdidas.

Hay demasiadas excusas para la inacción, para ponerse de perfil y no leer la noticia que avanza el titular, para huir de otro  relato patético y preocupante de sangre y miseria. Influye también la decepción ante la incoherencia de quienes preparan el discurso adecuado en la circunstancia apropiada pero no consiguen esconder el infame postureo que sustenta su actitud. Se suman además los discursos que niegan lo evidente y rematan a las víctimas, quitándoles credibilidad y la oportunidad de ser recordadas como inocentes que perdieron injustamente la vida. Se añade el cansancio legítimo y explicable de quien lleva años invirtiendo inteligencia, tiempo y energía, en esa guerra sin tregua contra una violencia desatada, irracional y eminentemente cruel. Ahí se va acumulando la desesperanza que carcome y debilita ante un combate permanente en el que todo el mundo pierde.

Pero con todo y a pesar de todo, llega el 25 de noviembre, Día internacional contra la violencia machista, y se vuelven a llenar las calles y se percibe la fuerza de una ciudadanía que quiere vivir en la paz y en el respeto. Sería injusto negar la existencia en esta ciudad y en otras muchas, de personas que no se acomodan a vivir en una sociedad, podrida en su indiferencia, que no han perdido su capacidad de rabia e indignación ante los discursos que niegan la evidencia más desgraciada, desde la mentira y la manipulación.  

Todas ellas saben que es la desigualdad es la que alimenta al monstruo de la violencia. Que son esas grandes diferencias en la situación de unos y otras, la inexistencia de un reparto equitativo de la riqueza, del empleo (aunque del bueno no hay casi para nadie), el sometimiento de las mujeres, que a las buenas o a las malas, deben aprender y ejercer sus ancestrales, imprescindibles y jamás reconocidas tareas de cuidado, las que sustentan el edificio donde la violencia sobre las mujeres es útil y admisible.

 Ese edificio lo vamos a destruir.  Ojala más pronto que tarde, a base de  constancia sin treguas ni rendiciones, de contundencia en las acciones y de total beligerancia con las actitudes falsas e hipócritas. Siempre que permanezcamos unidas, apostando por la vida y un futuro feliz para todas las mujeres.