EN LA COLA DEL PAN

Este viernes pasado mataron a una vecina. Se llamaba Josefa Cuquerella, y tenía 75 años. Xàtiva es un pueblo grande o una ciudad pequeña, según se mire, así que es probable que mucha gente  la conociera de vista o de referencias. La cercanía hace que mucha gente reaccione con especial virulencia y congoja ante un nuevo asesinato machista, pero también que la esencia del suceso -una  mujer asesinada  por su condición de mujer- quede desdibujada  entre consideraciones gratuitas que rozan el comadreo pueblerino.

ni-una-menos

Lo verdaderamente importante es el hecho de que la violencia sobre las mujeres, el monstruo  contra el  que se pelea día a día y desde hace tiempo en esta ciudad,  se ha manifestado en su forma más brutal muy cerca, casi en la calle de al lado.

Por eso, como debe ser, se convocó con toda celeridad, una concentración ante el Ayuntamiento, que durante cuatro minutos manifestó de forma  palpable el rechazo institucional y ciudadano ante un hecho tan repugnante.  Dado que el supuesto culpable ha sido detenido y ya está a disposición del juez, podría  parecer que  del triste  asunto, poco queda por decir. En breve, Josefa  quedará doblemente  enterrada  bajo una actualidad palpitante que pronto hará que de  su nombre y su terrible muerte no se acuerde ni dios. No es nada personal, es que son tantas…

Este año, del que no han pasado ni dos meses,  ya hay 12  nombres en esa lista de la vergüenza, contando a esa criatura de apenas un año,  a la  que mató  su padre tirándose con ella  por la ventana para, como dejó dicho, darle  a la madre donde más le pudiera doler. O esa niña de 14 años, que junto a su madre, fue acuchillada hasta la muerte. Es, desde luego,  verdaderamente escandaloso. Cualquier persona decente se lleva las manos a la cabeza y protesta  en la cola del pan, o en la barra del bar poseída de una legítima indignación. O maldice a quienes así  actúan. Y la mayoría lamenta sinceramente tantas muertes evitables.

Pero lo malo es que no es suficiente. No lo ha sido nunca, ni lo es ahora.  Las concentraciones en silencio lanzan un mensaje de rechazo que, indiscutiblemente,  precisa de una mayor concreción para dejar de ser un símbolo, positivo pero insuficiente.

Hace un año, el 7N, Madrid se llenó con una multitud cabreada que exigió que quienes pueden hacerlo, hicieran de una puñetera vez lo que tenían que hacer. Ese Pacto de Estado, ese  acuerdo que, por encima de cualquier otro interés, asignara a la lucha contra la violencia de género  los recursos necesarios. No vamos a volver todas las semanas. No se puede. Pero lo cierto es que no ha habido mucho éxito, para que engañarse. Con un panorama político tan animado como el que tenemos, las prioridades bailan a ritmo de samba, y lo que hoy es una urgencia, mañana es un marrón, que nadie quiere comerse. Y perdonen el cinismo, porque siempre hay honrosas excepciones, pero son los resultados los que cantan.

Tampoco contribuyen ciertas conductas individuales que son aparentemente inocuas, pero dan de comer al monstruo.  El lenguaje que no respeta a las mujeres, el desprecio al  valor de su trabajo, la indiferencia hacia conductas insultantes, la tolerancia ante abusos bien reconocibles..…. todo ayuda, alimentando prejuicios y estereotipos. Por eso,  las mujeres y  hombres, esos “nadies” que en realidad son el todo,  son también quienes en la barra del bar o en la cola del pan, pueden obligar al monstruo de la violencia machista a que cierre su asquerosa boca y deje de matar  a las mujeres.

Tan sencillo como ir en bicicleta, haciendo que ambas ruedas vayan en la misma dirección.

 

 

 

 

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