EL ARMARIO

Quienes se escondían en el armario, no era por gusto, sino muy a disgusto. El armario es un sitio pequeño y oscuro y muy, muy solitario. Pero cuando dentro, la persona se encuentra segura y protegida y no se siente amenazada ni perseguida, se convierte en un triste lugar, ciertamente, pero infinitamente mejor que la intemperie.

En este país, salir del armario ha significado  durante mucho tiempo, afrontar una vida de segunda, llena de prejuicios, soportando la ignorancia, la maledicencia, la mezquindad y la crueldad de una sociedad que asfixiaba hasta la muerte a quien se atreviera a ser diferente y mostrarlo  sin complejos y sin vergüenza, que es algo impropio de quien no tiene nada que esconder.

Ser, o mejor dicho, reconocer públicamente la condición de gay, lesbiana, transexual o cualquier otra identidad que no fuera la heterosexual, era comprar un billete seguro hacia la exclusión y el señalamiento social. Sólo había un modelo aceptable y aceptado, y todo lo demás significaba sufrir la condena colectiva, eterna y sin posibilidad de redención, que te colocaba fuera del mundo merecedor de respeto y consideración.

Quienes piensen que es exageración, sobre todo generaciones jóvenes con escasa información o generaciones más veteranas de escasa memoria, deberían saber o recordar,  que lo que hoy  se acepta con  mayoritaria y afortunada normalidad  fue causa, hasta hace escasos años, de mucho dolor y sufrimiento. Muchas  personas, mujeres y hombres, debieron negar y renegar de su orientación sexual hasta la propia autodestrucción, antes de correr el riesgo de ser quemados en la hoguera del puritanismo hipócrita y cruel.

En otros países,  no hay que engañarse era y es todavía más arriesgado porque allí la condición sexual puede ser causa de durísimo castigo o, incluso de muerte. Hasta en 79 países es delito la relación sexual entre personas del mismo sexo, siendo en siete de ellos  motivo de pena de muerte.

Pero en sociedades que se decían civilizadas y respetuosas con los derechos de las personas, pero que lo hacían con la boca pequeña y mentirosa de quien dice lo que no piensa, también las personas  diferentes sufrían un castigo tácito y encubierto que las despojaba de su dignidad y de su autoestima. Y lo hacía de forma especialmente cruel y mezquina desde la ridiculización y el estereotipo más negativo, que convertía en depravación y vicio ajeno, lo que no era más que la propia mirada, sucia e indecente.

El 28 de Junio se celebra el Día del Orgullo Gay, más necesario que nunca para limpiar tanta suciedad acumulada en el cerebro de los que más puros de corazón se consideran.

En Rusia aprueban leyes que prohíben “la propaganda de las relaciones sexuales no tradicionales” que en la práctica suponen que los homosexuales no pueden organizar actos ni protestas en público, ni tampoco utilizar los medios de comunicación. En Hungría recientemente, prohibieron el musical Billy Elliot por inducir a la homosexualidad, una extraña decisión casi imposible de entender por un ser humano normal. En Valencia, hace pocos días dos mujeres fueron insultadas por hacer visible su orientación sexual. Parece que la asignatura  no está aprobada y el progreso es insuficiente.

Quizás el Día del Orgullo sea, con el tiempo, la ocasión de mostrar orgullo por formar parte de una sociedad a la que sea indiferente el sexo de las personas que se aman.

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