PELIGRO : LÍNEA ROJA

Avanzamos, claro que avanzamos. Quizás a pasitos cortos, con esa danza cansina que nos hace dar dos pasos adelante y uno atrás, pero vamos superando prejuicios  y miserias que muestran nuestra peor cara, mientras que se fomentan valores  que nos hacen más dignos de ocupar ese puesto principal en la escala de seres vivos, que muchas veces no hacemos nada por merecer. Y es que hay conductas concernientes a los seres humanos, que los animales nunca protagonizarían.

Véase por ejemplo, el tema de la prostitución. Una realidad social que algunos califican como la profesión más antigua, dándole por ello un mérito que no posee en absoluto y un carácter inevitable completamente erróneo. Por lo menos para quienes piensan que la venta del propio cuerpo para subsistir es algo que  entra en completa colisión con cualquier defensa de la libertad y la dignidad de las mujeres. Para quienes están convencidos de que no es un fenómeno social tolerable sino una estructura diseñada por y para los hombres que convierte a las mujeres en mercancía y producto para el consumo masculino.

Antaño, la prostitución era algo así como una ocupación no demasiado visible pero plenamente normalizada, que aparecía como recurso de subsistencia para las mujeres y como privilegio indiscutible de los hombres. Por eso se anunciaba en los periódicos y había locales, disfrazados con muy diferentes nomenclaturas, que daban albergue a las mujeres y a su clientela. Había que ponerlo fácil,  porque desde los rígidos,  y  enormemente hipócritas,  principios morales de una gran parte de la sociedad,  no era permisible  dar la bendición a una actividad tan “carnal”. Pero  había un acuerdo tácito y comprensivo  sobre la conveniencia de dar una respuesta cómoda y permisiva a las necesidades masculinas. ABOLICIÓN2

Tiempos nuevos llegaron en los que la sociedad y sobre todo las mujeres, asumieron que el cuerpo de las mujeres no se podía comprar, ni por tanto, vender,  que no era compatible la defensa de los derechos humanos con la permisividad hacia una forma explícita de manifestación de la desigualdad y por tanto de la violencia machista,  que no se podía blanquear una actividad que fomentaba la existencia de mafias violentas para conseguir  enormes beneficios con la explotación sexual y la trata de mujeres.

Y por eso ahora, ese oficio que no es tal,  cuenta cada vez con menos apoyos institucionales y menor tolerancia social. Esa fue la causa de la supresión de esos anuncios, tan escuetos como provocadores, donde se publicitaban servicios que provocaban sonrojo y repulsión. Y no precisamente desde la moralina o el puritanismo, ampliamente superadas a estas alturas.  Así, en 2017 El País y otros periódicos después, suprimieron dicha sección, sin que, a día de hoy se hayan producido consecuencia irreversibles, más allá de que algún señor lo  tenga más difícil para buscar entretenimiento y muchas mujeres no hayan de avergonzarse ni indignarse viendo aquellos anuncios tan humillantes como  patéticos.

Por eso, los llamados “puticlubs”, que antaño proliferaban en las entradas de las pueblos y ciudades, son obligatoriamente discretos, ya que cuentan con escaso cariño por parte de la ciudadanía que los ve como lo que son: espacios de explotación donde se compra sexo y se venden mujeres, actividades completamente ajenas a una sociedad que lucha porque las mujeres  sean libres y cuenten con el respeto que merecen. Sin mencionar otras miserias añadidas que suelen aparecer en estos entornos y que no hacen la coexistencia nada cómoda ni recomendable.

Lo dicho, vamos avanzando. No a velocidad vertiginosa, es evidente, pero marcando gruesas líneas rojas cuya transgresión supondría un precio considerable que afortunadamente nadie parece dispuesto a pagar.

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