LÍBRANOS DE LA ENFERMEDAD

Si padeces una enfermedad, aunque sea leve, cuídate. Pero no solo para curarte. Cuídate para evitar que tu baja sea causa de tu despido, y además de enfermo te quedes en paro. Que puede pasar. Hasta ahora parecía que eso de despedir a las personas enfermas era algo no permitido, ilegal y hasta inhumano. Una conducta inaceptable desde un punto de vista moral, en una sociedad que ha de proteger a quien es más vulnerable.

Lo cierto es, por si ustedes no se han interesado en el tema y lo desconocen, que ha habido una reciente sentencia del Tribunal Constitucional que cambia radicalmente el panorama. El que avisa, no es traidor.manos

Es una sentencia que permite el despido por acumulación de bajas médicas. Lo llaman despido por absentismo, que para empezar es una pésima denominación ya que la RAE define el absentismo como “costumbre o práctica habitual de abandonar el desempeño de las funciones y deberes anejos a un cargo”. Y habría mucho que discutir antes de considerar que abandona su puesto de trabajo quien no puede ocuparlo porque sufre una enfermedad que le incapacita, según queda acreditado fehacientemente por la baja médica que extiende un médico del sistema público de salud.

Pero esta interpretación del TC, que se produce gracias a las dos magníficas reformas laborales que ampliaron considerablemente las causas del despido, concluye que éste es procedente si se producen bajas intermitentes que superen el 20% de días de trabajo hábiles en un periodo de dos meses continuados, siempre que el total de días de ausencia sea como mínimo el 5% de las jornadas hábiles, o el 25% en un periodo de 4 meses discontinuos, dentro de un periodo de 12 meses.

Ese batiburrillo, traducido a un caso concreto significa, por ejemplo, que si tienes un trabajo de lunes a viernes, y en los dos últimos meses pillas una gripe carnicera y más adelante la espalda se te engancha, sumando así una decena de días de baja médica y, en total, entre pitos y flautas has faltado doce días por enfermedad en el último año, te pueden poner de patitas en la calle si la empresa decide prescindir de tus servicios. Veinte días de indemnización con un límite de 12 meses y a buscarse la vida.

Todo ello tiene mucho peligro. Significa que habrá quien irá a trabajar en mal estado físico, propagando virus y enfermedades o que otros acudirán con lesiones mal curadas. Implica que debe prevalecer la productividad empresarial frente al derecho al trabajo, a la integridad física y a la salud de las personas trabajadoras. Es una sentencia que abre la puerta a peligrosas prácticas empresariales que podrán poner por delante los beneficios del negocio aún a costa de la salud de los trabajadores y trabajadoras. No está nada bien.

Las mujeres además son perjudicadas de forma preferente porque este tipo de bajas cortas intermitentes fundamentalmente tienen que ver con posiciones forzadas y con puestos de trabajo que suelen estar feminizados. Que se lo digan a las trabajadoras del sector de la dependencia, víctimas cantadas de tendinitis, contracturas en espalda y hombros o dolores cervicales, que además no están considerados como dolencia profesional, aunque sean lesiones producidas claramente por los movimientos repetitivos que realizan.

Así que, a cuidarse. A informarse debidamente porque, como siempre, la letra pequeña es muy importante para entender y poderse defender de una legislación que es claramente un arma contra la clase trabajadora.

Y sobre todo, a pelear, reclamando incansablemente la derogación de las reformas laborales, causantes de muchos males para la gente trabajadora de los que nadie quiere hacerse responsable.

INDECENTE

Abogar por el trabajo indecente provocaría, sin duda, una reacción espectacular. Es seguro que no cosecharía demasiados aplausos, aunque sinceramente, y visto lo que anda por ahí,  hay que presuponer que algunos que sólo  escupen odio e ignorancia,  igual  comprarían el discurso porque la insolencia y el cinismo suelen ir de la mano.

trabajo decentePero dando por hecho que todavía no nos hemos vuelto locos del todo, hay que pensar que cuando el pasado lunes, todo el mundo, literalmente,  clamó por el Trabajo decente es porque existe  la convicción general de que el trabajo es un derecho que debe darse en condiciones de libertad, equidad, seguridad y dignidad humana. Lo que no sucede en general si se piensa en las personas que han fabricado algunas de los productos que usamos a diario, desde la ropa a los móviles.

España es el tercer país después de Rumania y Grecia, “campeón” en lo que se llama pobreza laboral, es decir, trabajo con salarios insostenibles y condiciones de esclavitud. No hay más que recordar a la persona que limpia la escalera de nuestro edificio o nos trae la pizza a casa.

Una de cada diez personas que trabajan en España es pobre, da igual las horas que eche en el curro, contamos con el mayor número de jóvenes angustiados por un futuro incierto,  mientras  que los períodos en paro se prolongan y  predominan los contratos temporales que nadie desea. Es una fotografía claramente indecente que desaparecerá cuando ciertas reformas laborales vayan al cubo de la basura y haya garantías legales que impidan los abusos y la explotación.

Por otra parte, acostumbramos a vincular el trabajo al empleo remunerado. Ese  que conlleva una retribución aunque sea insuficiente y se reconoce, aunque no siempre, como aportación a la sociedad. Pero  hay un trabajo/empleo que aunque supone una aportación imprescindible,  no cuenta con ninguna de esas características: el relacionado con el cuidado de las personas. Una faena inacabable porque cualquiera  en algún momento de su vida ha necesitado ser primorosamente atendido para sobrevivir. Y, de ir las cosas medianamente bien, volverá a necesitar esa atención al final de su vida

Ese trabajo, desempeñado mayoritariamente por mujeres, es una faena que no tiene precio, no se paga, de hecho,  en la mayoría de los casos y cuando se retribuye, se hace muy por debajo de su valor real. Solo en España, la OIT destaca que  se emplearon 130 millones de horas diarias en 2018 en la atención a los siete millones de menores de 15 años  y tres millones de ancianos. Una cifra que equivale a 16 millones de personas, trabajando ocho horas al día, con alegría  y sin cobrar.

Sin embargo, la inversión pública para atender estas necesidades suele ser sacrificada ante otras urgencias como por ejemplo sucede en Xàtiva, donde se subordina la  inversión en una escuela pública infantil frente a otras inversiones. El mundo se detiene si las mujeres paran, cantamos a coro,  pero sigue sin existir un  reconocimiento laboral de las tareas de cuidado como si no conllevaran sacrificio y especialización. Y la modernidad no implica la comprensión de que  las mujeres no poseen en exclusiva la  capacidad y la obligación de atender las necesidades de terceros.

En todo caso, alguien tiene que cuidar a las criaturas y atender a las personas dependientes pero no está escrito que sean las mujeres, sin salario, sin horario, sin derechos. Se podría considerar uno de los trabajos más indecentes y debería requerir, no un día de condena al año, sino la exigencia permanente de un sistema económico capaz de anteponer a las personas ante cualquier otro interés.